Cuento de Navidad. “El niño de los recados para la Virgen”

 
Cuento de Navidad. El niño de los recados para la Virgen

Al presenciar lo que había sucedido en la bodega con las tinajas llenas de agua, la madre de la novia vio en aquel milagro un rayo de esperanza para el problema que le estrujaba su alma; la preocupación no se había alejado de su cabeza ni un momento, a pesar de la fiesta de boda de su hija, pues bien sabía ella que en cualquier instante podían comunicarle que se había muerto. Llevaba tantos años cuidando el rebaño de su casa y era tan buena persona que se le consideraba uno más de la familia, y por eso le dolía ver cercana la muerte de persona tan querida.

Pero no tenía confianza con ellos, porque eran invitados del novio y los había conocido en aquella boda. Además, le daba vergüenza acercarse a él, porque en su entorno siempre había un corro de dos y a veces hasta de tres círculos concéntricos, sólo de hombres. Y en estas estaba, cuando cruzó su mirada con la de su madre y al instante ya todo fueron facilidades para manifestarle su preocupación. Le contó la grave enfermedad de su pastor y cuando María oyó su nombre, al momento le hizo una seña a su hijo, que de inmediato se disculpó con los que le escuchaban, para atenderla.

-Me acabo de enterar que está en esta casa “el niño” y que se está muriendo… ¡Tienes que hacer algo! -le dijo a su hijo, con gesto de urgencia.

Bien sabía Jesús quien era “el niño”, del que tantas veces había oído hablar a sus padres, y del que no habían vuelto a saber nada desde la noche en que salieron a toda prisa hacia Egipto.

Cuando le conocieron estaba a punto de cumplir los ocho años. Coincidieron con él por primera vez un día, cuando el sol estaba en lo más alto, y habían parado bajo la gran sombra de un árbol muy frondoso, casi a la entrada de Belén. El edicto del empadronamiento había llenado el camino con tanta gente que caminaba en las dos direcciones, la de los que iban a Belén para cumplir con lo ordenado y la de los que volvían a sus casas porque ya se habían empadronado. Y en aquel mismo árbol también paró “el niño” a descansar y a dar cuenta de unos dulces que llevaba en el zurrón. Le llamó la atención el porte de María, que indicaba que el parto iba a ser inminente, pero “el niño” la miraba una y otra vez, porque a diferencia de las mujeres de su aldea en esas mismas circunstancias, su cara no estaba hinchada y tenía una belleza que invitaba a mirarla. El chico comía los dulces, sentado tan cerca de ellos, que podía escuchar su conversación, a pesar de que hablaban bajito.

Fue así como se enteró de que tenían la intención de alojarse en la posada. Y bien sabía él que allí no había sitio para nadie. Todos los días el pastorcillo iba a vender la leche de sus ovejas al posadero y, cada vez que entraba o salía de la posada, coincidía con viajeros que se daban media vuelta porque allí no cabía un alma más, por lo que tenían que pasar hasta un par de noches al raso, hasta que se empadronaban y podían regresar a su pueblo de origen. Por eso, al darse cuenta de que aquella mujer en su estado no podía correr la misma suerte, sin techo con el que cobijarse, pidió permiso para meterse en la conversación, les contó cómo estaba la posada y les ofreció una solución.

Sus padres tenían un pequeño campo en las afueras de Belén, junto a una ladera en la que excavaron hace tiempo una cueva, que se había quedado pequeña porque el rebaño de ovejas y cabras había crecido. En aquella cueva ahora solo había un buey, muy manso, y les dijo que atado al pesebre no les daría ningún problema. En el ofrecimiento de aquel establo, José vio la providencia de Dios, para que allí naciera el Redentor del mundo y le pidió que les guiase hasta aquella gruta.

María con la ayuda de su marido volvió a subirse al borrico y atravesó toda la aldea, precedida de José y el niño, que marchaban a pie. El establo estaba sucio como lo que era, un lugar propio para los animales. El pastorcillo ayudó a limpiarlo a José, porque María se quedó sentada descansando. Ataron al borrico junto al buey, que compartieron el mismo pesebre, porque el otro que quedó libre lo adecentaron para que sirviera de cuna, quitaron las telarañas y los excrementos del buey de la parte del establo que iban a utilizar y encendieron una hoguera con los palos que el niño recogió por la ladera de la gruta. Y cuando ya estuvo todo listo y se disponía a marchar, María le pidió un último favor:

-¿Querrás hacerme un recado?

-Todos los que hagan falta -respondió como un muelle el pastorcillo.

-¿Podrías traernos un poco de agua del regato que hemos cruzado al venir?

Y como el arroyo no estaba muy lejos, en cuestión de cinco minutos el niño ya estaba de la vuelta con lo que se le había pedido, porque fue y vino corriendo, para no tardar. Miró a los dos y se despidió diciendo:

-Mañana vuelvo, por si hay que hacer otro recado.

María entonces le pidió que se acercara, se fijó en él queriéndole con la mirada y le dio un beso en la frente. El chico se fue a toda prisa a su casa para recoger lo necesario, porque aquella noche tenía que cuidar sus ovejas y le tocaba, además, vigilar los rebaños de tres de sus vecinos, precisamente no muy lejos de la gruta donde había dejado a aquella mujer, que le había dado un beso en la frente por hacerle un recado.

Estaban con él otros «pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. De repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre».

Al oír esto, al pastorcillo no le cabía ninguna duda dónde estaba ese pesebre y ese niño envuelto en pañales. Y emocionado les contó a sus compañeros que él mismo había ayudado a José a acondicionar el pesebre para asemejarlo lo más posible a una cuna. Por eso no hizo falta que el ángel dijera a los pastores el sitio exacto donde estaba el Mesías; para eso ya estaba él, para indicarles el camino de su gruta, que la había prestado a aquel matrimonio, que no pudo alojarse en la posada. Cuando llegaron, entregaron como regalo algo de las pocas cosas que tenían y adoraron al Niño Dios. Y María le volvió a pedir al niño que se acercara, y le dio otro beso en la frente por haber hecho el recado de enseñar a los pastores el camino hacia Jesús.

El pastorcillo se presentó poco después de amanecer y volvió a ir a la gruta todos los días para hacer los recados a la Virgen. Y a partir del segundo día ya no hizo falta que María le pidiera que se acercara, lo hacía él sin que ella se lo pidiera, porque sabía que María siempre le pagaba con un beso en la frente por cada recado. Fueron muchos los recados que hizo, hasta que una noche José le comunicó en secreto que tenían que huir a Egipto y, al despedirse, le dio como recuerdo un sonajero que le había hecho a su hijo con unas maderas. El pastorcillo nunca se desprendió de aquel sonajero, pues tenía intención de entregárselo a Jesús cuando se manifestase como Mesías, ya que nunca jamás había dudado que algún día se volverían a encontrar.

Después de despedirse de la Sagrada Familia, el pastorcillo pasó unos años muy malos, pues en su aldea de Belén le culparon de desatar las iras de Herodes, por decir que el Mesías había nacido y estaba en Belén. Por si esto era poco, la consulta de los Sabios de Oriente no hizo sino confirmar lo que decían los pastores y a continuación, Herodes mandó asesinar a los niños de Belén. Tan mal le trataron sus vecinos, que cuando se hizo lo suficiente mayor se marchó de Belén. Fue dando tumbos, hasta que consiguió que le acogieran como pastor en aquella casa donde ahora se celebraba la boda de la hija mayor.

Cuando Jesús y María entraron en la habitación, el pastor ya no podía hablar porque estaba agonizando, pero cuando sintió su presencia, abrió los ojos y reconoció a aquella mujer que siempre le daba un beso en la frente, cuando le hacía un recado. Entonces, extendió su brazo hacia ella y le mostró el sonajero que en su día le había regalado José. Lo cogió María y se lo dio a Jesús, que se lo volvió a poner en su mano al pastor y le dijo:

-No te voy a curar porque pronto estaremos los tres juntos en el Cielo por toda la eternidad, y como en el Cielo a mi Madre se le multiplicarán los quehaceres para atender a todos sus hijos de la tierra, te va a necesitar siempre a su lado para que seas su niño de los recados.

Y al oír a Jesús, el pastor asintió con la mirada, se inundó de paz su rostro y cerró los ojos. Y entonces la Virgen se inclinó sobre su frente, y le dio un beso envuelto con sus lágrimas.

Javier Paredes

javier@hispanidad.com

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Sobre Para Mayor Gloria de Dios, El Siervo de Dios

Experto en Informática y en Bioquímica y Biología Molecular.

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