El sacerdocio del sacerdote por Pbro. D. Manuel Palero Rodríguez-Salinas.

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Jesucristo, único y eterno sacerdote, ejerce su ministerio por medio de sus ministros.  Solo hay un sacerdocio en la Iglesia, un Sacerdote: Jesucristo. Tomó la naturaleza humana -que había de salvar- de las entrañas de la Virgen María.

Antes de partir al Padre, instituyó el sacerdocio y la eucaristía para prolongar su Vida y sus Gracias entre los humanos o en los humanos, Él, el HIJO DEL HOMBRE.

Y dispuso hacerlo en la “naturaleza humana” de sus esco­gidos, que serían “otros Cristos” a los ojos de los cristianos, pero, en realidad, OTRO Cristo, único sacerdote, que ejercería su sacerdocio, ÚNICO SACERDOCIO, a través de sus ministros que lo expresan con el personal “YO”:  “yo te bau­tizo”;  “Yo te absuelvo”,  “... es mi cuerpo”.

(Verdaderamente, esto sí que es “misterio de nuestra fe”).

Ocurre que la “naturaleza humana” que asume el Verbo de el ministro, no es como aquella que el Verbo asumió de María.  El sacerdote ha de ofrecerle a Cristo un cuerpo y alma lo más semejante, en pureza y santidad, al que María le ofreció.  Por eso, es obligado consagrarse a María y que Ella prepare, “virgine: la persona del sacerdote como lo hizo con su Hijo desde el parto virginal.

Un solo sacerdote, una sola eucaristía, distribuidos en distintos y distantes sagrarios y personas: hostias consagradas y personas consagradas por toda la cristiandad.

¡Sacerdote!: Tú no eres sacerdote.  Es Cristo el que es sacerdote en tu persona.  A través de ella, no sólo ha de ejercer la autoridad, proclamar la doctrina y administrar los sacramentos (“ex opere operato”) sino más bien su vida, su amor, sus sentimientos, su presencia mística y casi tan humana como la suya: “OTRO CRISTO”, que decimos, que trasmita (“ex opere operantis”) impacto de gracia, de amor, de Dios.

Esa presencia invade al escogido con mayor profundi­dad que la gracia santificante, que nos hace templos de Dios y morada del Espíritu Santo.

Cristo fue siempre Sacerdote. (“Tú eres sacerdote eternamente”) solo sacerdote, todo sacerdote.  Aquello de “Ya comáis, ya bebáis o cualquier cosa que hagáis…”) que S. Pablo predicaba a los fieles, para gloria de Dios, en el escogido, son actos sacerdotales, redentores, medianeros, salvíficos, como lo eran en Cristo.  No son solamente los del ejercicio del ministerio (misa, sacramentos, liturgia…) sino también los de la vida ordinaria:  “es Cristo quien vive en mi”.  Es Cristo, sacerdote, que asumió la naturaleza del ministro para proseguir, después de resucitado, su sacerdocio en las edades del hombre “hasta el Final de los tiempos”.

Él, “el Hijo del Hombre”, en sentido genérico, de todo mortal, de todo hombre, cuando se aparece resucitado, a­dopta la configuración de todo hombre: jardinero, pescador, peregrino…  de forma que los que habían vivido con él tan­to tiempo, no le reconocían.

No quiere cambiar el temperamento y configuración humana de cada uno de sus sacerdotes que le representan, cuya persona humana viene a ser como los “accidentes” en la hos­tia consagrada; accidentes que pueden corromperse, afectan­do a su contenido divino: los pecados del sacerdote.

Pero si quiere santificar o virginar pensamientos, afectos, deseos, actos, para que no encuentren el entorpecimiento en la actuación de sus ministros:  “Esto sentid en vo­sotros, lo que se siente en Cristo”, que nos decía el Apóstol.  Así podrán trasmitir a cada alma lo que Él piensa, siente y desea con respecto a ella, y la comunicará el amor que la profesa, o el dolor que su mal comportamiento infiere a su divino Corazón, por vivirlo el sacerdote en el propio.

¡Cuántas veces!, al vivir así el sacerdocio de Cristo y obtener el éxito en su ministerio, tendrá que evocar lo de Pedro: ¡“Apártate de mí, que soy un pecador”!

¡Cuántas, al ver a Cristo pasar por las diversas vici­situdes que afectan su alma sacerdotal y que hace Cristo suyas, ha de admirarse de lo que ha querido el Señor toda­vía padecer de incomprensiones, enfermedades, humillaciones, además de las que experimentó en su vida mortal hasta la inmolación en la cruz!

Esto induce a amar más a Cristo que ha consentido perdurar su vida redentora y sacerdotal entre nosotros, a pesar de nuestras miserias, y además aceptar que se ore por los sacerdotes que comprometen la virginidad de su ministerio, que se ore por Él, (más humildad todavía) presente en sus ministros.

Que se haga hombre-Dios en una naturaleza virginal como la de Maria, ya es humillación (“no tuviste horror al útero de una Virgen”, decimos en el Te Deum), pero que lo haga en una naturaleza pecadora como la nuestra, es como para poner a esa humillación el adjetivo INNFINITA, sin me­dida. Esa divinización en el ministro sagrado, cuánto le repercute y afecta a su Corazón.

Prevalece en Cristo Sacerdote más la vida de “Hijo del Hombre” que la de Hijo de Dios, ya  que, en este mundo, “pasó por uno de tantos”. Era aquel mozo de pueblo a quien el Padre ocultaba frecuentemente los efectos normales de la divinidad, incluso de su plan redentor en la Tierra. Si bien, “Nadie conoce al Padre sino el Hijo”.  Por lo que necesitaba la oración y el desahogo amoroso con el Padre y “pernoctaba en oración con Dios”.  Y, al tomar grandes decisiones se iba a la montaña, Él solo, como lo hizo previa­mente a la elección de los Doce, o la promesa de la Eucaristía, que luego, en parte, fue un fracaso: “¿También voso­tros me queréis abandonar?”.

De aquí, que el sacerdote tenga que recurrir al Padre y al Cristo de su interior, no tanto como “Hijo del Hom­bre”, sino como “Hijo de Dios”, que es el alma de su alma, en intensa y continuada oración para repostar divinidad, luz y fuerza de lo Alto y cristificarse para gloria del Padre y santificación de las almas.

“Sacerdos et Hostia”…  Hostia de pan, la eucaristía.  Hostia de carne, el  sacerdote.  Gastándose y desgastándose por la salvación de las almas.  ¡Qué maravilla!, el encuen­tro de las dos Hostias en la Misa: el sacerdote y en sus manos la eucaristía.  El sacerdote: sacramento, misterio de nuestra fe.  El “OCTAVO” sacramento.

 

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Sobre Para Mayor Gloria de Dios, El Siervo de Dios

Experto en Informática y en Bioquímica y Biología Molecular.

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