“Fábula del ángel cojo” P.B. José Luis Martín Descalzo.

Fábula del ángel cojo.

Mi amigo Renato tiene la manía de coleccionar curiosidades artísticas, y una tarde, mientras juntos mirábamos su álbum lleno de cosas de Dalí y del Bosco, saltó en una de sus páginas una extraña imagen.

Representaba la figura de un ángel viejecito con barba y con turbante. Pero no era esto lo más extraño, sino el que, por debajo de la túnica, aparecía, a la izquierda, un lindo piececito, y a la derecha…, una pata de palo.

– Y esto, ¿qué es?

– Es una pintura abisinia del siglo XI. Y corre sobre ella una curiosa leyenda.

Y Renato me la contó. Y es ésta:

Galael era un ángel de Dios

Era una de las mejores voces de todo el cielo, y así se pasaba la eternidad cantando ante el «Santo, Santo, Santo», ante el trono de Dios. Y sucedió que Dios se enamoró de la voz de Galael. Tanto, que llegó a pensar que el día que Galael faltara de su coro de cantores, el cielo sería un poco menos cielo. Pero no había el más mínimo peligro de que esto sucediera, pues Galael estaba loco por Dios y no se movía de su lado ni a cuatro tirones.

     Aunque, si hay que decir toda la verdad, no podemos ocultar que un día al año, Galael se ponía algo nervioso: el precedente a la Navidad. Y es que nuestro ángel no conocía la tierra. Todos los años, al llegar la Nochebuena, Galael contemplaba cómo el cielo se quedaba casi vacío, porque todos los ángeles bajaban a la tierra a gritar paz y gloria. Sólo él y unos pocos se quedaban en el cielo cantando.

     La verdad es que, al principio, a Galael la tierra le importaba un verdadero pepino. Había oído a sus compañeros hablar de los hombres, pero no entendía ni jota. Por más que se esforzaba, no conseguía imaginarse qué sería eso de tener carne. Y hasta le daba un poquito de asco eso del cuerpo.

    Cuando una noche de diciembre de hace mil novecientos cincuenta y nueve años Dios había tenido la ocurrencia de encarnarse y hacerse hombre, el bueno de Galael había sufrido un tremendo desconcierto; pero como era buena persona, lo comprendió enseguida, y le fue fácil hacer entrar a los hombres en el círculo de sus cariños. ¡Ahí tienes: habían tenido la suerte de que Dios se hiciera uno de ellos! ¡Y cómo estarían de orgullosos! Galael se imaginaba cómo habría estallado él de gozo si a Dios se le hubiera ocurrido hacerse ángel. Y hasta comprendía que el cuerpo no era una cosa tan mala, pues ¿cómo hubiera podido llorar él de alegría si Dios se hubiera hecho ángel, no teniendo, como no tenía, lágrimas?

    Y unos años más tarde comenzaron a llegar los hombres al cielo. Llegó la esplendente humanidad de Cristo, y Galael se quedó tan si respiración que le costó un esfuerzo sobreangélico seguir cantando. Luego entraron los patriarcas: Moisés, Abraham, Jacob. Después poco a poco, fueron llegando los apóstoles: Santiago, Pedro, Pablo… Galael estaba entusiasmado. Había descubierto que no sólo los ángeles amaban a Dios sino que también los hombres lo hacían. Y, además, los hombres podían hacer por Dios cosas que eran imposibles para los ángeles: podían sufrir, morir por Dios.

     ¿Y el día que llegó la Virgen? Ese día a Galael hasta le dio vergüenza ser ángel. Escondía las alas como si fuesen una deshonra. Y entonces sí que sintió no tener cuerpo. ¡Lo que hubiera dado por tener boca y pasarse la eternidad con ella abierta de mirar a la Señora!

Curiosidad

Y junto a la admiración nació la curiosidad. Cuando Gabriel contaba la anunciación, Galael le cosía con muchas preguntas:

– Y ella ¿cómo estaba arrodillada?

– ¿Tenía ya los ojos tan brillantes como ahora?

– Y ¿cómo es el olor a nardo?

     Pero también había cosas que no comprendía: las heridas de Cristo, aquellas arruguitas que la Virgen tenía en la frente, ¿quién se las había hecho? Pero tenía en seguida la repuesta a punto: eso son diabluras de Satanás. ¿Cómo iban a haber hecho eso los hombres? ¡Oh, no; los hombres eran buenos!

     Y hubo un momento en que la curiosidad pudo con nuestro ángel. Se presentó ante Dios y le soltó, muy serio:

– Ea, Señor: esto ya pasa de castaño oscuro. Hace dos mil años que bajan mis hermanos a la tierra, y yo sin conocerla todavía.

Dios acentuó esa sonrisa que tiene siempre en los labios, y contestó:

– Pero, hijo, ¿qué más quieres? ¿No estás en mi presencia? ¿Es que no eres feliz?

– Nadie habla, Señor, de ser feliz. Pero uno es curioso. A uno le gusta ver las cosas pisándolas, pudiéndolas tener entre las manos. En fin, ya me comprendes.

Dios hizo un mohín de complacencia. Sonrió de nuevo:

– Bien; si quieres bajar, baja. Allá tú. Busca un sustituto para el día de Navidad, y puedes ir con los demás.

Sueños

Galael no pudo dormir aquella noche. Otra vez sintió no tener corazón para dejarle saltar de gozo. Pensaba:

– ¡Ah, los hombres deben de ser estupendos!

     Repasaba en su cabeza a todos los que conocía: santa Teresa – ¡menudos chistes que contaba! -, Francisco de Asis… A Galael le venía la sonrisa a los labios sólo de pensar en él. De haber sido hombre, pensó, habría sido como Francisco. Y los ojos de santa Inés…, ¡Aquellos sí que eran ojos! Y el corazonazo de Francisco Javier. Y san Pablo, ¡qué tío hablando de Cristo! ¡Daban unas ganas de ser hombre oyéndole!

     Y Galael se durmió aquella noche soñando que se convertía en hombre y se paseaba luego por en medio de los ángeles gritando: “Soy hermano de Cristo, tengo una carne y una sangre como la suya.” Y todos los ángeles le miraban amarillos de envidia.

     A la mañana siguiente ya sabían por todos los rincones del cielo que también Galael bajaba aquel año. Nuestro ángel lo había gritado por todos los pasillos.

– Eh. Miguel; este año también yo voy a la tierra.

– Gabriel, ya me dirás dónde fue la Anunciación.

– Francisco, ¿qué quieres que le diga abajo a tu gente?

Sólo una cosa entristecía a Galael, y es que, bastantes ángeles, al oírle, se reían de él. A uno le había dicho:

– Voy a la tierra, ¿sabes?

     Frisol se había vuelto; le había mirado con cara de aburrimiento

– Sí, hijo. No te pongas pesado. Ya nos lo has dicho setecientas veces.

– Es que la cosa merece…

– La cosa no merece la pena ni de decirse. Ya verás a la vuelta. Bien se nota que ni has estado nunca. Te imaginas un mundo delicioso. Pero ya, ya verás

– No puede ser. ¿Cómo voy a creeros? ¿Van a ser tan locos que no celebren maravillosamente el día de Navidad? Además ¿quién dijo que no les conozco? ¿No hemos visto a San Pablo, a San Ignacio, a Santo Tomás? ¿Cómo van a ser vulgares los hombres? Es que vosotros no les comprendéis.

     Frisol le había mirado irónicamente.

– Bien, no discutamos. Ya me dirás que piensas cuando vuelvas de abajo.

     Galael contestó:

– Pensaré lo que ahora. Recordaré este día eternamente y así podré dar gracias a Dios por este nuevo favor: el de haber estado un día entre los hombres, haberles anunciado al menos una vez la Navidad.

     Aunque… al alejarse comprendió que una leve tristeza empezaba a entrarse por su alma. Pero, tras un esfuerzo, consiguió olvidar su diálogo con Frisol. Y fue feliz de nuevo.

La preparación

Los días precedentes al 25 de diciembre fueron un sueño para Galael. Se pasó horas y horas ensayando en su cuarto el «Gloria in excelsis Deo» y releyendo veces y veces en los Evangelios la historia de la primera Navidad. (Aunque la verdad es que no acabó de saber qué eran una mula y un buey).

    Pero donde pasó más horas Galael fue al lado de Cristo glorioso. Contemplaba aquel cuerpo refulgente y veía salir por todas partes la gloria de la Divinidad. Y pensaba, un hombre es igual que Él, sólo que sin ser Dios. Pero las manos igual, los ojos igual, la manera de ser la misma… Y la rabia de no ser hombre crecía por segundos.

    Cuando el día 24 sonaron en el cielo las primeras notas del “Aleluya”, una enorme caterva de ángeles se disparó hacia la tierra. No será necesario decir que Galael llevaba ya a la puerta del cielo cuatro horas haciendo cola y que, apenas abierta, comenzó a gritar a todo pulmón.

– Gloria a Dios en las alturas y en la tierra al hombre paz. Hombres, ¡alegraos! Cristo os ha nacido

    Como no conocía la tierra, comenzó a planear sobre los campos hasta que llegó a una aglomeración de casas que le llamó la atención. Era una gran ciudad. Y Galael gritó:

– Eh, hombres. ¡Gloria a Dios en las alturas!

    Pero nadie podía oírle. Los automóviles parecían tener más prisa que nunca y las bocinas no paraban de tocar. También los autobuses y tranvías estaban más chillones que nunca. Grupos de muchachos voceaban los periódicos de la tarde. Total: que se oía todo menos el canto de Galael.

    Descendió más y gritó

– Alegraos, Dios se ha hecho hombre como vosotros.

    Por un momento pensó que le oirían, pues un señor de abrigo marrón se detuvo un momento como si alguien le hubiera llamado, pero después encogió los hombros y aceleró su marcha. Galael pensó:

– Así me pondré ronco y no lograré nada. Será necesario entrar en una casa y hablarles al oído. Pero, ¿en qué casa entrar?

Volaba en aquel momento por unos de los extremos de la ciudad y vio un gran edificio, un tanto descuidado y con cuatro torres en los extremos.

– Seguro que aquí hay gente

Y se coló por una ventana que había abierta.

Visita número uno

Era una gran sala, a cuyo alrededor corría un banco, en el que estaban sentados unos veinte o veinticinco hombres. Se acercó a un grupo en el que tres hombres hablaban casi a la vez y muy bajo, como si cada uno hablase consigo mismo.

– A mí la Nochebuena me pone triste. Pienso en casa.

– Por entonces ya no vivía ella.

– Yo les aseguro que no fue mi culpa. Ella decía siempre: eso no es robar. No, no es robar. ¡Y allí había tanto que robar! Todos decían que aquel año el pavo estaba muy caro. Llevárselo era fácil. Sólo meter cada día medio kilo en la gabardina. Pero aquello no fue robar. No piensen eso. Yo no robo.

– No aquel año ya no vivía ella. Hacía ya tres años.

– No piensen que fue robar, ¿eh?

– Yo pienso en casa.

    Galael no entendía nada. En aquel momento un hombre con bata blanca cruzó la sala. El Ángelo lo siguió y llegó a una cocina donde charlaban otros varios hombres con batas blancas también. El que acababa de entrar dijo:

-Venga, chicos, darse prisa. Van a dar las ocho y hoy se cena antes

– Aún no terminó esto de cocerse.

– ¿Qué importa que esté cocido o no? ¡Cómo si estos se diesen cuenta de eso!

– Pero hoy es Nochebuena.

– No olvides que están locos. La Nochebuena es para los sanos. Ellos ni saben en qué fecha estamos. Y en mi casa me esperan a cenar a las diez. ¡Hala! Déjense de romanticismos y vamos a llevárselo como esté.

Galael siguió al que acababa de hablar así y volvió a encontrarse en el cuarto de los locos.

– ¡Se cena! Y hoy, de fiesta. Habrá… hasta vino.

Gritó el hombre de la bata blanca. Varias sonrisas estúpidas se iluminaron en una serie de rostros.

    Galael se quedó en un rincón del comedor. No comprendía nada. O mejor: le daba miedo acabar de comprenderlo. Veía a aquellos hombres demacrados, hundidos, comiendo como autómatas, babeando su cena, mascullando hacia dentro palabras incomprensibles. Y no pudo resistir por más tiempo la escena. Salió del comedor y entró en una sala en la que a ambos lados se alineaba una serie de camas todas iguales y blancas. Se retiró un momento al ver llegar a los dos enfermeros con peroles humeantes. Uno de ellos se paró ante una cama en la que se notaba un bulto bajo las mantas-

– Oiga, ¿por qué no ha bajado usted al comedor? ¿No me oye? ¿Qué hace aquí?

Nadie respondía. El enfermero se acercó a la cama. Levantó una punta de las ropas. Empalidecido. Dijo:

– ¡Mira Cecilio!

– ¡Nos ha matao!

– Ya palmamos la noche. Habrá que llevarle.

– Ya.

– ¿Y si…?

– ¿Qué?

– Eso. Nosotros no sabemos nada. No hemos visto nada. ¿qué más le da esperar en una caja que en una cama? Vamos. Y callar.

    Galael agitaba la cabeza como si acabasen de golpeársela. Jamás hubiera podido pensar que los hombres sufrieran la noche en que Cristo bajó a la tierra. Pero menos hubiera podido imaginarse que nadie pudiera hacer sufrir a otro esa noche. ¡Paz! ¿Cómo gritar allí paz y buena voluntad? Sintió algo, como si unas lágrimas quisieran subir a sus ojos. Pero en aquel momento se acordó del cielo. ¿Qué dirían arriba se volvía con los ojos hinchados por llorar? No, no lloraría. Él había venido a gritar paz y gloria y no podía pararse a pensar en cosas tristes. Respiró hondamente y salió del manicomio. Sí, había que olvidar todo aquello. Como fuera.

Visita número dos

Las calles estaban casi desiertas. Los hombres iban corriendo, como si todos fuesen a coger el tren No había ni una mujer por las calles. Un reloj dio las ocho y media.

Galael vio a un muchacho joven que entraba en una tienda sobre la que un letrero pregonaba: «Anticuario». Entró tras él. Oyó decir al joven:

– Feliz Pascuas, don Esteban (1).

 

Galael respiró al ver los ojos brillantes del muchacho. He aquí uno que parecía estar alegre. Pero no tuvo mucho tiempo de pensar esto, porque el viejo, al que se había dirigido el joven, contestó:

– Otro tonto. Felices… ¿qué demonios? ¿Qué derecho tiene usted de estar alegre si es usted pobre como una rata? ¡Este sí que es un mundo de tontos! Andan por ahí saludándose unos a otros en las casas, en las calles; dándose cabezadas como payasos: “Felices Pascuas, Felices Pascuas, Felices Pascuas”. ¿Pero qué son las Pascuas, vamos a ver? La época de gastar lo que no se tiene; la época de tener un año más, pero no un centavo más; la época de hacer balance y encontrarse con un saldo desfavorable. ¡Ya les daría yo a toda esa bola de gente que anda diciendo por las calles “Felices Pascuas” en los labios! Por cada saludito, dos duros. ¡A ver cuántas veces lo decían! ¡Qué días más cochinos estos!

     – No diga usted eso, por Dios. Son días hermosísimos. Días para pasarlos junto a la familia.

– ¡En familia…! ¡Maldita la…! ¿Cuántos son ustedes en casa?

– Doce

– ¡Doce! Ya lo decía yo. ¿Cómo pueden sentarse a la mesa doce bocas? Doce… y yo ¡uno! ¡Uno! Yo soy mi padre, y mi madre, y mis hermanos, y mis hijos en una pieza. La unidad es base de fuerza y economía. Disgustos, malos humores, gastos: todo lo malo viene de ser varios

– Es que es muy difícil se familia de a uno.

– Pues yo lo he logrado. Yo soy mi familia. Como mi madre me digo: «Leonel, abrígate, querido que hace frío». Como mi esposa me digo: «¡Cuidadito, no beber más de dos copas!». Como mi hijo me digo: «Papá, ¿me deja usted fumar una pipa?». Y no me dejo, ahí tienes, no me dejo. Yo soy mi síntesis familiar y no me peleo y soy feliz. Y, sobre todo, me salgo más barato.”

    Galael no sabía si reír o llorar. Aquel vejete le resultaba tan prodigiosamente estúpido… Nuestro ángel le veía contar y recontar unos fajos de papeles sucios y se preguntaba cómo podrían interesarles a los hombres aquellas porquerías de papelujos. Se le alegró el corazón cuando escuchó que de la calle llegaba una musiquilla muy alegre, algo parecida a la que ellos cantaban en el Cielo. Al oírla don Leonel, se puso como energúmeno

– Escuché. ¡Villancicos…! ¡Chiquillería asquerosa! Vagabundos y pedigüeños. A picar piedra los pondría yo. En vez de andar por las calles cogiendo resfriados con  la boca abierta… ¿No les dará vergüenza? Y ahora, campanas; óigalas. Como si tuviéramos poca música.

La puerta se abrió de golpe y apareció una graciosa cabeza de niño. A Galalel se le fueron los ojos. El chavea gritó:

– Aguinaldo pedimos, señores, para el Niño que nació en Belén, cho…

El vejete corrió tras él con la mano tendida:

– ¡Largo!

Se oyó chillar al niño:

– ¡Mi abuela!

El viejo tenía la nariz roja. El joven dijo:

– Con darle cuatro perras…

– ¡Eso faltaba! Que canten hasta que revienten siendo gratis. Pero… ya está bien de cháchara, amigo. Eh, tú, Manolo. ¿no está aún ese maldito balance?

Cuando Galael se encontró fuera de la casa no podía ni andar. Él, que había soñado a los hombres tan apretujados en torno a la mesa familiar, cambiándose sonrisas y cariño… Y se encontraba egoístas solitarios que preferían encerrarse dentro de su pequeña felicidad, olvidándose de todos los demás. ¿Pero es que no eran hermanos todos los hombres? No entendía nada. Nada.

La tercera visita

Aquella casa tenía aire tranquilo. Galael entró. Estaba puesta con gusto y en orden. Del fondo llegaban unos ruidos extraños que Galael hubiera atribuido a la cocina de ser experto en las cosas de la tierra. Leyó un letrero: «El que entre con Dios venga, el que salga con Él vaya». Sonrió. Por fin había encontrado una casa que sabía lo que era la caridad. Abrió la puerta. Un señor gordo y algo calvo estaba sentado en una mesa y escribía, mirando el reloj cada dos minutos, porque quería terminar su conferencia antes de que le llamaran a cenar. Estaba orgulloso de su conferencia. De todas las suyas. Sería un éxito más que sumar a la serie. Ya le parecía ver la sala, atestada de público esperando impaciente. Él llegaría con sólo diez minutos de retraso. Eran los suficientes para darse importancia. Subiría a la tribuna sonriendo. Una larga mirada a la sala. El silencio se haría tenso por segundos.

    Don Sebastián estaba contento del título de su conferencia: «Esa maravilla, ser hombre». Un título de público. Lo veía ya anunciado en los periódicos. Al día siguiente la prensa hablaría de su «Humanismo total», del «Neo-humanismo», don Sebastián sonreía. Comenzaba así su conferencia:

“No sabemos si un día concluirán la humanidad y su historia. Mas sabemos que si llegase ese día y las cosas mundanas tuvieran posibilidad de pensar, no quedaría una estrella, ni un árbol, ni una flor que no se suicidase. Y este suicidio sería algo perfectamente lógico. ¿Qué destino tiene una estrella sino el de ser vista por los hombres?”

    Galael comenzaba a estar alegre: he aquí un hombre que estaba contento de ser lo que era. Alguien comprendía esa maravilla de ser hombre. Aunque el ángel se dio cuenta muy rápido de que aquella sonrisa en los labios de don Sebastián no era la sonrisa infantil y absolutamente limpia que él conocía en los ojos de un san Francisco.

    Don Sebastián se había levantado ahora y paseaba, declamando su conferencia. Galael tenía verdadera curiosidad por saber cuáles eran los motivos de la alegría de don Sebastián. Y se sentó a escucharle.

    Decía que el mundo había tardado muchos siglos en comprender la verdadera dignidad del hombre. Perdido en los siglos medievales había vivido dependiendo del cielo y olvidándose de poner los pies sobre la tierra. Apostando a favor de un posible Dios se había olvidado de un certísimo hombre.

    Galael botó en la silla al oír tal cosa. ¿Cómo era posible que alguien en la tierra dudase de Dios? Todo el ser de Galael vaciló por un instante. Sentía que todo se le derrumbaba. Hubiera querido coger por las solapas a aquel idiota y gritarle que quién ponía en su boca aquella voz con la que estaba blasfemando, quién le rodeaba con el aire que respiraba, quién había puesto el movimiento en aquella mano hasta para escribir aquellos disparates.

    Se calló para ver hasta dónde podía llegar le tamaño del cerebro de semejante bestia. Don Sebastián decía ahora que bien le libraría a él Dios de ser ateo. Que nada tenía él contra el Ser en quien tantos creían. Su deseo se limitaba a invitarle a quedarse en su cielo. Terrenos claros: nosotros, abajo; El arriba. Y esto lo exigía la libertad del hombre. Si El había creado la libertad del hombre, que fuese el primero en respetarla. No se pueden hacer las cosas a medias.

    Galael comprendió que ahogaría a aquel hombre si continuaba hablando. ¡Atreverse a decir esto el día en que Dios devolvía la libertad al hombre! Libertad,… ¿qué sabía de libertad éste…?

    Don Sebastián se reía ahora. Y Galael le veía esclavo de su vanidad, de su soberbia y de aquel grupo de cuatrocientos elegantes que iban a darse el gusto de oír frases escandalizadoras.

    Porque a don Sebastián le gustaban las frases chispeantes. “Digan lo que quieran –decía en un párrafo de su conferencia– un hombre de rodillas mide medio metro menos que en pie.”

    Galael recordaba a la Virgen María arrodillada, blanca, brillante luminosa gigantesca. ¡Medio metro menos! Aquella mujercita con un niño en el seno era setecientos millones de veces más alta que setecientos millones de Sebastianes subidos uno encima de otro. Si don Sebastián quería ensalzar al hombre, ¿por qué no hablaba de lo único que verdaderamente le ennoblecía: el estirón que Dios le dio a la humanidad haciéndose hombre?

    Galael no podía ni con su alma al salir de la casa de don Sebastián. Un reloj golpeó las diez de la noche.

(1) Varios de los tipos de esta fábula están tomados de otras obras literarias. El don Esteban nació en un cuento de Dickens; el ambiente del manicomio, de un artículo de cuyo autor no me acuerdo,  y el don Sebastián sería un escritor de cuyo nombre prefiero no acordarme.

Un jardín

Nadie transitaba por las calles ya. Algún taxista se retiraba del servicio apresuradamente. El viento doblaba las esquinas con aire de mala persona. Galael se sentó en un banco del jardín. No se tenía sobre las piernas. Hubiera querido no pensar, vaciarse la cabeza. Pero era imposible. Intentó imaginarse a Dios para olvidar la tierra. Pero era en vano. Y comenzó a llorar.

No puedo irme al Cielo así, no puedo llevarme este recuerdo de la tierra. Toda la eternidad pensando en esto… ¡Será horrible; Dios mío! Y no podré olvidarlo. Lo recordaré siempre. ¿Cómo volveré a ver a los hombres con sencillez, como les vi hasta ahora? ¡Ah!, tendré miedo de todos. De que puedan seguir engañándome, de que lleven dentro un dolor, una falta de amor, una avaricia o una horrible soberbia. Oh, Señor, ¿por qué me permitiste bajar para esto? ¡No he debido venir! ¡No he debido venir! Y ahora ¿cómo me voy así, para que todos se rían de mí en el Cielo.

    Pero a las lágrimas siguió el sueño, y Galael se durmió, y volvió a ser feliz soñando con los angelitos.

    Eran las nueve de la mañana cuando despertó. Durante unos segundos miró a su alrededor, desconcertado, sin acabar de comprender dónde estaba. Sólo cuando miró al Cielo y vio que no había estrellas se dio cuenta de que ya era tardísimo.

    – ¡Oh, Dios mío!, ya no hay ninguna estrella. Seguro que ya habrán tocado a retirada y hasta me habrán cerrado las puertas de la gloria. ¡Me he dormido!

    ¿Y por dónde ir ahora? Galael miraba a todas partes aturdido, pues no sabía orientarse sin estrellas. La ciudad había despertado ya y los automóviles desfilaban por las calles con la alegría de una buena cena a la que ha seguido un buen dormir. Galael comenzó a correr por las calles hasta llegar a una calle ancha por la que los coches cruzaban en auténticas riadas. Dudó un momento si debía cruzar.

    – Eh, ¡cuidado, ¡cuidado!

Alguien gritó. Era tarde. Crujieron los frenos. Se amontonó la gente. Se atravesaron varios coches, que tuvieron que hacer hábiles virajes para no chocar con los que iban delante. Llegó un guardia.

    – Qué ha pasado?

    – Una cosa rarísima. He atropellado a un señor, le he visto caer bajo las ruedas y aquí no hay nadie caído.

    El chófer, con una rodilla en tierra, palidísimo, agitaba las manos sin comprender. Decía:

    – Nada, ni rastro de sangre.

    El guardia agitó la cabeza.

    – Usted lo que viene es bebido. Ahora mismo me acompaña a la Comisaría.        

    – Yo le aseguro, guardia …

    – Usted se calla y se viene conmigo.

– No sea usted melón. A ver, ¿dónde está el muerto? ¿Se lo tragó la tierra?

    Y ya iba, mientras tanto, Galael con su pierna partidita caminito del Cielo. Desde entonces él es el único ángel cojo del Cielo, y en todas las procesiones puede vérsele, el último, arrastrando sobre la bóveda del firmamento su pierna de palo, que resuena como un tambor de truenos. Y se le ve ir triste, melancólico, rezando por los hombres que en un 24 de diciembre le hicieron llorar por primera vez en su vida y le llenaron de desilusión.

    Y éste es el ángel que el pintor abisinio pintó hace nueve siglos.

Así concluyó su historia mi buen amigo Renato, y al hacerlo soltó una carcajada. Pero la interrumpió de golpe, al ver la cara serísima que yo debí poner.

– ¿Qué te pasa? Parece que lo hubieras tomado en serio.

– ¡Pues claro!

– ¿No me irás a decir que lo has creído? – dijo Renato.

– No; no quiero decir eso.

– ¿Entonces?

– Nada; bobadas mías.

Oración final

La verdad es que salí muy nervioso de casa de Renato. Y es que a mi imaginación había llegado esta pregunta: ¿Y si Galael hubiera entrado en mi casa? Yo era un bicho vulgar, ni malo ni bueno. Yo era uno de tantos que no tienen ni idea de lo estupendo que es ser hombre. Celebraba la Navidad con mi mujer y los tres chicos. Y comíamos turrón y nos contábamos chistes. Pero de El, de Cristo…, no hablábamos a penas. Es decir, no habíamos hablado hasta entonces. Porque cuando ocho días después llegó la Nochebuena, reuní a mis pequeños y les conté la historia de Galael, ante la mirada sorprendida de Matilde, que nunca me había oído contar cuentos a los chicos.

Al final, los cinco nos pusimos de rodillas y yo recé así:

-Ángel Galael que estás en los cielos, ángel que sufres por nosotros: para que nunca olvidemos esa cosa maravillosa que es ser hijos de Dios y hermanos de Cristo.

– Ruega por nosotros.

     – Para que si esta noche bajaras a nuestra casa pudieras llevarte un buen recuerdo de los hombres.

– Ruega por nosotros.

     – Para que tengamos más caridad que los enfermeros, menos avaricia que don Esteban y seamos menos estúpidos que don Sebastián.

– Ruega por nosotros.

     – Para que sepamos escuchar en lo hondo de nuestro corazón en esta noche el Gloria a Dios en las alturas y en la tierra al hombre paz.

– Ruega por nosotros.

     – Y, sobre todo, para que sepamos que la mejor alegría humana es la de comprender que Cristo, además de ser Dios, ha sido y es un hombre como nosotros.

– Ruega por nosotros.

     – Sí, ruega por nosotros a Dios, ángel cojo que estás en los cielos.

 

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Sobre Para Mayor Gloria de Dios, El Siervo de Dios

Experto en Informática y en Bioquímica y Biología Molecular.

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