Je Suis Copte. YO NO SOY CHARLIE.

¿TODO VALE? – por Gemma Morales de Asociación Cruz de San Andrés.

Estos días se está hablando y mucho del derecho a la libertad de expresión. El infame asalto a la sede de Charlie Hebdo en París ha sacudido la modorra de Occidente y ha puesto en pie de guerra a los defensores de los derechos humanos, entre los que me incluyo.

El lamentable suceso ha tenido una repercusión mediática que no han tenido otros tantos asesinatos de miles de víctimas anónimas que han muerto y siguen muriendo hoy a manos del terror islámico. El semanario francés se ha convertido en baluarte de la libertad de expresión.

Ha sido necesario que el zarpazo del terrorismo golpeara en el corazón de Europa para que tomáramos conciencia de la gravedad del asunto.

Sin embargo, el natural rechazo a un Islam que amordaza con sangre a todo aquel que no profesa su fe en Alá, puede llevarnos a caer en otro peligro, más sutil pero no por ello menos nocivo, que es el enaltecimiento de la libertad de expresión más allá de sus límites naturales.

Para ilustrar esto propongo varios ejemplos actuales y cercanos;  Desde finales de octubre en el Museo Reina Sofía se expone en una de sus exposiciones temporales y entre otras obras irreverentes, “la cajita  de fósforos”, una caja de cerillas en la que se muestra una iglesia en llamas y con el lema, que en su día adoptó el líder anarquista Buenaventura Durruti, “la única iglesia que ilumina es la que arde. ¡Contribuya!”

A pesar de suponer una clara apología del odio, abriendo heridas de la Historia reciente de  España, esta “perla” se ampara en el artículo 20 de nuestra Constitución, que blinda el derecho a la libertad de expresión y prohíbe cualquier tipo de censura de una obra de arte reservando a los tribunales cualquier tipo de medida cautelar. El director del Museo, Manuel Borja-Villel ante las quejas de muchos ciudadanos y organizaciones que mostraron su disconformidad ante esa obra incitadora de la violencia, se escudaba diciendo que el Museo “no ha censurado ni puede censurar la obra de un artista pues atentaría de lleno contra la libertad de expresión”. En la misma línea se manifestó también el CINAM (Comité Internacional de Museos y Colecciones de Arte Moderno), que llegó a denunciar el intento de censura de una obra de arte y las presiones ejercidas por grupos religiosos. Como diría D. Quijote, “con la libertad de expresión hemos topado”.

A los que no vean en la “cajita de fósforos” una ofensa, por cuanto no se sienten identificados con la creencia religiosa a la que ofende, les propongo un segundo ejemplo, actual y cercano como el primero: se trata de un juego en versión Flash denominado Watch out behind you, hunter! que apareció en el 2006 pero que ahora ha sido divulgado desde la página de descargas de Google Play.

El juego simula una selva tropical donde un cazador se ve atacado por hombres y mujeres desnudos que quieren agredirle sexualmente. Tal como se lee literalmente en las instrucciones, el juego consiste en “matar a los gays que están ocultos y querrán salir a violarte”. La reacción a esta irreverencia no se ha hecho esperar y las asociaciones contra la homofobia han exigido su retirada del mercado y el cierre de las webs que lo alojan considerándolo “absolutamente repugnante e indecente”. (FAGC). Nuevamente surge la pregunta, ¿Debemos aceptar este tipo de contenido por el mero hecho de ser una manifestación de la libertad de expresión?

Un tercer y último ejemplo servirá para poner en el tapete la cuestión que debatimos. En este caso se trata de un “artista” costarricense, Guillermo Vargas, que expuso en una galería de Nicaragua a un perro abandonado que ató a una cuerda y lo dejó morir de hambre y sed ante la mirada atónita de los visitantes a la exposición.

¿Arte? ¿Libertad de expresión? Llegados estos extremos ¿Es justo defender la libertad de expresión a cualquier precio? ¿Vale todo en el terreno artístico?

Es evidente que el concepto artístico está íntimamente ligado a la definición antropológica del ser humano, y cuando una sociedad como la nuestra acepta el “todo vale” para las personas, también esa permisividad se traslada al arte.

En un mundo individualista como el nuestro, se hace necesario recordar la realidad contingente del individuo, que se ve limitado en su libertad en la medida en que sus acciones pueden perjudicar el Bien Común. Del mismo modo, también el derecho a la libertad de expresión queda limitado cuando entra en conflicto con otros derechos. Como alguien dijo, con gran sentido común, “tu libertad para estirar el brazo acaba donde empieza mi nariz”.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos, en su artículo 29, trata sobre los deberes de toda persona para con la comunidad y reconoce que puede ser necesario y legítimo imponer ciertas limitaciones a los derechos individuales para lograr “el reconocimiento y el respeto y libertades de los demás”. Desgraciadamente este principio no encuentra el mismo amparo en la legislación de muchos países.

En definitiva se trataría de ver al ser humano en toda su dimensión social y buscar el equilibrio entre Bien Común y derechos individuales, pero sin ver jamás una oposición entre ellos, puesto que todos se dirigen al bien de la persona. No existe por tanto un conflicto entre derechos individuales y derechos colectivos –no debería existir- por cuanto que el Bien Común contribuye a la realización del ser humano en su “ser social”. Negar esta dimensión del individuo sería mutilarlo.

De todo lo dicho se concluye que el arte tampoco debería ser ajeno a este “ser entre otros”, porque en la medida en que se aleja de esa premisa, se deshumaniza ¿Y puede considerarse arte aquello que deshumaniza a su creador?

Este problema procede ya de siglos pasados, cuando la creación artística se desligó del atributo “bellum”, aceptando lo “feo” como objeto de arte. En este sentido, cabe recordar cómo S. Juan Pablo II recuperaba este trascendental del ser en su Carta a los artistas en los umbrales del siglo XXI, definiendo al artista como “genial constructor de belleza” y recordando así que la creación artística debe de ser un reflejo de la acción creadora de Dios, que es siempre bella. También la obra de arte debería mostrar esa belleza que es propiedad trascendental del ser.

Pero la fractura entre Arte y Hombre fue más allá, no sólo desligándose de lo “bello”, sino desligándose también de los otros trascendentales del ser, definidos ya por Aristóteles: el “verum” y el “bonum”. Y allí radica el problema que plantea este artículo; ¿Realmente se puede separar el concepto estético del ético en el fenómeno artístico? ¿Cabe un arte que se separe del concepto “bueno”? ¿Podemos definir como obra de arte una creación que promueve el “hate speech” (incitación al odio), la irreverencia, la falta de respeto hacia otros seres humanos? ¿Podemos aceptar como arte un discurso que ridiculiza a otros seres humanos, otras razas, otras religiones, otras tendencias sexuales a la propia? ¿Es aceptable un arte que utiliza la blasfemia, la ofensa, el maltrato animal, la maldad en definitiva, como elemento creativo?

Ése es el gran peligro de no poner límites a derechos que son limitados. El peligro de convertir la libertad de expresión en un monstruo que devore otros derechos y libertades. No existe el derecho a ofender, a difamar, a blasfemar… No señores, no todo vale.

 

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Sobre Para Mayor Gloria de Dios, El Siervo de Dios

Experto en Informática y en Bioquímica y Biología Molecular.

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