“La Caridad”, en el libro «Las Vertientes del Amor» por el Pbro. Fabio Jesús Calvo Pérez.

 
Mentiras y cartas sin respuesta

«Las Vertientes del Amor»  279 pag.

Escrito por el de P.B. Fabio Jesús Calvo Pérez

“A quienes aman sin saber que aman. A quienes son amados y lo ignoran. A quienes buscan el amor y no lo encuentran. A quienes lo encuentran y no son correspondidos. A quienes son dichosos por respetar sus leyes. A quienes lo profanan por no haberlo comprendido. A quienes lo idealizan por haberlo sublimado.»

Precio 18 € + Gastos de envío.

Pedidos:   Tel.  987 336 095

Iglesia de Villamuñío (24344 – León, España)

 

La Biografía del P.B. Fabio Jesús Calvo, pueden leerla aquí, y comprobarán que ama la Música, y ha Compuesto numerosas piezas musicales, aparte de todo un Filósofo y Teólogo Escolástico (Clic Aquí).

 

PRÓLOGO

 

El presente ensayo filosófico pretende aportar unas ideas contundentes al confusionismo ideológico que se cierne sobre el tema.  Talar la selva de tópicos ha sido mi propósito para en su lugar plantar las macetas de la verdad racional.

Nos prestamos al engaño, en la misma medida en que carecemos de conceptos estrictos. Profundizar en el mundo de los afectos, ha de servir para asentar principios naturales, sin los cuales, ninguna ciencia (y menos aún la ciencia especulativa) puede conocer la verdad.

La vulgar creencia de que el amor sólo lo conoce quien lo experimenta, carece de fundamento. Yes que en amor los términos medios no existen.  Se trata de una cuestión teórica, que puede razonarse independientemente de sentirse o no.

Y es preferible creer en razones objetivas por erróneas que fuesen, a seguir creyendo en los falsos ídolos de nuestra mente.  El amor, es tema demasiado complejo y suficientemente extenso, pero no menos apasionante tratar de ordenarlo y desmenuzarlo.

Mucho debemos aprender de él porque sin darnos cuenta, reflejados en él nos estudiamos a nosotros mismos.  Es el gran espejo de nuestra conciencia y la mejor expresión de nuestros ideales. Por algo la célebre frase de Ortega y Gasset. «Según se es, así se ama», y la de Goethe: «Somos modelados por lo que amamos», nos dan la clave para un estudio del mismo.

Lo que aporta al análisis fisiológico la muestra de sangre, eso aporta nuestra forma de amar al examen psicológico y moral de lo que somos.

Insisto tan contundentemente como convencidamente, en las leyes del código amoroso, porque sin ellas falsificaremos el sentimiento más noble y más humano de que somos capaces.  Discutir las leyes naturales, es discutir la competencia del Dios que nos ha creado.

Los errores culpables en este punto, han nacido en el cobarde intento de autojustificarse.  La ventaja de la «moderna» virtud de la sinceridad, tiene un grave inconveniente: sirve para confesar los propios defectos; no para reconocerlos como tales.  Y toda justificación gratuita al margen de la moral, tiene sus amargas consecuencias.

«No tenemos derecho a disfrutar de la felicidad sin crearla, porque tampoco es lícito gozar de la riqueza sin producirla», escribió B. Shaw.  En la vida materializante que nos toca respirar, perdemos grandes goces naturales por no estar dispuestos a pagar la pequeña moneda del respeto a ese orden ético indestructible.

A la vez que filosofía del amor, he querido hacer una apología del mismo, casi con sabor a Escolástica.

Distinguir la moneda verdadera de la que parece verdadera, creo que debe ser el objeto último de todo raciocinio. Mejorar la calidad de nuestra vida personal, condicionándonos por la senda más precisa, es saber encontrar la belleza y el bien del ramal de la verdad.

Para poder mandar a la naturaleza, antes hay que obedecerla. Mejor la obedeceremos si buscamos conocerla. Y mejor la conoceremos inculcando el amor a la Verdad, que el amor al sentimiento, en sí mismo inconsistente y tornadizo.

Dedico estas páginas a esas siete clases de personas intentando premiar a quienes cumplen con las reglas del amor; consolar a quienes son incomprendidos u olvidados aunque amen; alentar a quienes van seguros de su amor; instruir a los equivocados o falsarios del amor; iluminar a los insensibles o incapacitados para amar y en fin hacer resplandecer a los ojos de todos, la justa naturaleza del más complejo y más grande sentimiento humano.

La razón no siempre triunfa, pero pertenece a la verdad y tiene asegurado su futuro.

 

Capítulo IV

LA CARIDAD

 

El segundo amor sobrenatural, es el de caridad. Una de las tres virtudes llamadas teologales, por apoyarse en la fe sobrenatural.

Si el amor a Dios se prescribe como relación de justicia (no como sentimiento afectivo), el amor de caridad se prescribe al creyente cristiano como actitud frente a sus semejantes, sean o no cristianos. Y se prescribe siempre, en cuanto a la postura valorativa que ha de tener hacia los seres de nuestra misma especie (prójimos=próximos) en el orden sobrenatural.

Lo podemos definir como «el amor al prójimo por amor de Dios, que se apoya en la ley sobrenatural».

Es una derivación lógica de la paternidad divina, cuya sombra beneficiosa, se proyecta al resto de la humanidad. Desde ese punto de fe revelada, todos somos hijos de un mismo padre, llamados al mismo fin sobrenatural.

De aquí que todos los humanos sin distinción de raza, sexo, nacionalidad e ideología, formemos una gran familia, cuyo padre es Dios. A ningún padre, le gasta ver enemistados a sus hijos. Quiere, por el contrario, su entendimiento fraternal, su ayuda mutua en todos los órdenes y esa consideración elevada, de seres creados a imagen de Dios (por poseer entendimiento, voluntad y … libertad).

De ahí que todo odio, sea indigno de un cristiano e incompatible con sus creencias.

El cristianismo ha plantado hace veinte siglos su bandera y la influencia en el mundo ha sido de primer orden. Religión, moral, filosofía, teología, sociología y cultura en general, vienen medidos por la pauta de la sublime doctrina evangélica de Jesucristo.

Su verdad, por eterna, dio paso a la filosofía perenne elaborada a través de los primeros siglos de cristianismo, cuyo mimen se alcanza en el siglo XIII con la llamada filosofía escolástica, cuyo máximo representante es Santo Tomás de Aquino. Querámoslo reconocer o no, el molde cristiano sigue inspirando el aire de nuestra sociedad.

En el capítulo trece del evangelio de San Juan, se lee la quintaesencia del pensamiento cristiano: «Amaos los unos a los otros, como yo os he amado. En esto conocerán todos que sois mis discípulos». ¡Ni tanto que lo conocieron! Los paganos, se admiraban del trato que se daban los primeros cristianos: «Míralos cómo te aman».

(Página 30)

El fermento que conquistó tantos seguidores del Jesús de Nazaret, fue precisamente la caridad. Debía de ser el fruto sublime de una doctrina revolucionaria e insuperable.

Testimonio mejor no cabía. Algo incomprensible para el raquítico concepto pagano del entonces.

Los griegos, llegaron a valorar la justicia como la virtud suprema. Pero aquello de dar más allá de lo justo, ya no tenía explicación lógica.

La caridad ha levantado entidades benéficas, escuelas, misiones en todo el mundo y ha puesto un punto de entendimiento en las hostilidades y las beligerancias de casi todos los tiempos.

Aun así, todo… ¡el odio que en el mundo ha habido! ¿Qué hubiese sido de estar privado de esta clase de amor?

San Pablo exalta la caridad y la pone por encima de todos los dones y talentos que el hombre pueda tener. No es para menos.

Pero vengamos a la cuestión. ¿En qué consiste este amor? En respetar e incluso en ayudar en lo posible a nuestros semejantes en cuanto que les consideramos hermanos de esta gran familia, por relacionarles con el amor de Dios.

Dicho más breve, es un amor efectivo hacia nuestros prójimos, pero no por sí mismos, sino porque les vemos en relación con su Creador.

Lo cual quiere decir que, si no hubiese padre, la familia estaría huérfana y los hermanos no se reconocerían como tales hermanos. Vivirían a la deriva.

Sin embargo, hay un amor común a todos: Dios. Y con ese punto de referencia, todos se consideran parientes, próximos, provenientes del mismo tronco y encaminados a un mismo fin.

Ven la figura del padre en cada uno de los hijos, y esto les hermana y les aúna en la misma fe y en las mismas esperanzas.

El paralelismo humano de este amor, está en el amor que sentimos hacia aquellos parientes o’ seres queridos de una persona de la que estuviésemos enamorados. Por amor de ella, admitimos como parte de ella, a quienes comparten con ella su existencia. Ya lo veremos. El motor de unión entre los hombres, ha sido la caridad. De forma que humanamente hablando no existe sociedad justa ni completa sin esa inspiración de relación triple:

(Página 31)

Dios, tú, yo. Las leyes y los decretos, intentan taponar todas las posibilidades de cometer lo injusto, pero no lo logran porque tras las leyes vienen las trampas y cuando no se encuentran trampas vienen los sobornos, y cuando no se aceptan los sobornos, viene la irresponsabilidad o las amenazas o la sin conciencia de los prepotentes mandatarios o no, que traten a sus semejantes como rebaño y no como seres dotados de dignidades divinas.

Ni el comunismo ha sido, ni puede ser solución para detener el egoísmo humano, ni las libertades democráticas de Occidente tienen la mágica fórmula de la justicia por su materialismo práctico y ausencia de autoridad. Sin cristianismo (fuera de bromas) el mundo no encontrará el sistema justo, ni el pensamiento irrefutable que le libre de los atropellos de sus derechos humanos. Nada mejor que la turbulencia de nuestros tiempos para demostrarlo.

Como el amor divino, en la caridad -como amores prescriptibles de excepción- no tiene por qué haber afectividad. Se requiere la efectividad pequeña o grande (o incluso nula), en la medida de las necesidades ajenas o de los recursos propios. Y si no puede llevarse a efecto, al menos quedan la consideración y deseos de ayudar ante la dignidad representada en nuestro prójimo.

Amar a nuestros prójimos, es reconocer que su existencia es tan real como la nuestra y tan digna de atención como la de todo hijo creado por Dios.

Unamuno, decía que: «el indigente prefiere ser compadecido sin ser ayudado, a ser ayudado sin compasión». Mejor, prefiere ambas cosas, pero sin el sentido de la fraternidad, hay ayudas que parecen humillaciones insufribles.

La delicadeza es uno de los secretos condimentos de todo amor. Quien «ame» humillando con su altiva superioridad a quien recibe ese «amor», realmente finge amar.

Se comprará la aprobación ajena ante sus apariencias de generosidad, pero su alma se cierra a la fraternidad. Y esto que digo aplicable a la limosna, lo digo aplicable a toda clase de ayuda, aunque sea internacional. Y es que caridad, es mucho más que limosna. Caridad es un simple consejo, sacrificando parte de nuestro tiempo en atender a alguien; caridad es saber escuchar las penas o las alegrías de quien nos pide atención a su persona (¡qué poco escuchamos hoy día. ¡Por eso gritamos!) caridad es consolar a quien se siente objeto del escarnio o la falsa interpretación; caridad, en fin, es toda atención que ponemos en alguien con la noble intención de compartir con él en el plano de la igualdad.

(Página 32)

Es otra forma de dar: aunque sea nuestro tiempo, o nuestra comodidad, o nuestra vanidad silenciada de acercarnos a quien más prestigio tiene. Ese hacer sentir a los demás que les tomamos en serio y no en serie; el plano de la igualdad y no la fórmula de cumplido que rechaza de nuestro lado a quien nos necesita, yo diría que es la médula de la caridad, si ello lo hacemos por relacionar al prójimo con el Creador.

Aquí cabe la elegancia de la mentira piadosa, del bien disimulado para que no huela a favor o a sacrificio y objeto de lástima a nuestro prójimo. Ni que decir tiene que esa forma de mentira, es caridad de la auténtica. Evitamos al prójimo, la humillación de hacerle nuestro deudor. Amén de fórmula terapéutica para autosugestionarle haciéndole creer que no está tan enfermo como puede creer ni es tan mala persona como dicen.

Hasta dejarse querer por quien necesita difundir sus afectos comprimidos, es otra forma de caridad. Dejarse llamar hijo sin serlo, por la anciana solitaria que necesita que alguien la atienda y entienda, fingirla un cariño filial que le repugna, aceptarla una exquisita comida alguna vez, aunque le prive de la libertad de ir a casa de sus amigos o de comer donde y a la hora que le plazca, … también eso es caridad. (Hay casos que pueden parecer novela).

En egoísmo hasta el que da puede ser egoísta; y en amor, hasta quien recibe puede estar amando.

La palabra caridad, viene del latín «Charitas» y significa la alta estima en que tenemos a una persona.

Este término se usaba para distinguir a la persona, por sus valores; de forma que se merecía por sí misma esa consideración.

De ahí el término «caro», que no es lo mismo que «Querido», sino valioso y destacable sobre lo demás o lo común. Según este antiguo significado, el amor de caridad incluye también a Dios, como ser de valor, sobre otro valor.

Pero pronto fue usado por los primeros cristianos en sentido sobrenatural, para sentirse hermanados y unidos a Aquél que les recomendó tal fraternidad.

(Página 33)

Y cualquier conspicuo lector, profano o no a la materia, me preguntará: «Y las necesidades no caben fingiese o exagerarse para explotar la bondad y la caridad ajena?» Por supuesto, amigos míos. En la fácil tendencia a la ley del menor esfuerzo, que parece ser la epidemia más antigua de la humanidad (la ley del egoísmo), nunca ha estado de vacación la picaresca. El afán de explotar la bondad, el sudor, o la credibilidad de alguien, ha llevado a cometer toda clase de ficciones y de timos.

Desde el crimen de Caín por envidia contra su hermano Abel, hasta el timo «de la estampita» como fórmula más benigna del engaño, puedes imaginarte sin miedo a error, toda clase de argucias aparentadores de necesidades inexistentes.

Pero como ves, nos hemos apartado del tema. La caridad no tiene la culpa de ello. La caridad es lo que es y para lo que es.

Si quieres que te sea franco (y si no también) te diré que suscribo con un ligero aditamento, la popular frase de: «por la caridad viene la peste». Para ser concisos te diré: «por la caridad mal entendida viene la peste».

Hay que saber a quién admitimos en el estricto círculo de la caridad (cuando de beneficencia o ayuda económica se trate). Todo sacrificio por nuestra parte innecesaria, por ausencia de la fingida necesidad de nuestro prójimo, debe estar demostrada en toda la medida de lo posible. La credibilidad barata, la limosna callejera, la ayuda sin más explicaciones, bien puede ser el timo constante de que viva media humanidad que carente de conciencia, hace sacrificarse y trabajar a la otra media.

No dejemos de ser en ningún caso, seres racionales. Inquirir, preguntar, desconfiar de quien nos pide, es un derecho y un deber de la verdadera caridad. Decir que no, a tiempo, es más caridad que otorgar por no negar. Dar dinero al drogadicto, al borracho, al holgazán, es permitirles que sigan degradando y denigrando su persona. Algo opuesto a la caridad.

Y es que antes la desconfianza era un vicio. Ahora es una virtud.

Las entidades de caridad están encauzando esas energías económicas hacia los probadamente necesitados. Se impone el control.

Una forma cómoda de eludir ese derecho-deber de investigar al pedigüeño, es darle una limosna para comprarnos el placer de que desaparezca de nuestra vista. Es un placer negativo como otro cualquiera, que debemos evitar.

El fenómeno de la picaresca en todo y para todo, a nivel universal, demuestra algo muy grave: el mal moral existe; existen en potencia incontables opresores que si como no pueden pudiesen… Los llamados dictadores que la historia registra, no han nacido únicamente. El dictador es sólo, la realización de un espíritu ruin en las varias ocasiones que le han ayudado no a serlo, sino a desenmascararlo.

(Página 34)

Es falso que «la ocasión haga al ladrón». (Los adagios populares, no siempre son ciertos por ser populares). Quienes han tenido múltiples ocasiones de robar y no han robado, demostraron que la causa del robo no está en las ocasiones, sino más atrás: en uno mismo. Es como la prosperidad. No cambia a los hombres: les desenmascara.

Una forma contundente de caridad, no es dar un pez al hambriento, sino enseñarle a pescar, como todo el mundo se imagina. Y esa enseñanza supone una mente fría que actúa porque razona segura de lo que hace y para el caso que lo hace.

Lo contrario sería multiplicar la necesidad y el mal en el mundo agravando el peso a los hombres generosos. Ningún amor se puede basar en el engaño fraudulento so pena de ser ficticio.

Ante el peligro de ser timado por los explotadores sin conciencia de las voluntades ajenas, un consejo muy sencillo: No hagas por nadie, lo que él no esté dispuesto a hacer por sí mismo.

¿Quién te ha dicho que cada quién no ha nacido con derecho a tener todo el frío que quiera?

La caridad supone, que el prójimo está sufriendo alguna clase de necesidad (física o moral) sin culpabilidad propia y por eso es objeto de la tal caridad. Y da por supuesto que quiere salir de ese bache y no puede por sus propias fuerzas.

Para paliar esa necesidad humana, está el lubricante de la caridad. Si Dios ayuda al que se ayuda amemos a quien se ama.

Judas (el traidor) fue objeto de caridad y de perdón divino… mientras tuvo ocasión de arrepentirse. Cuando la soberbia o el odio a su Maestro, le llevó a darle la espalda, se convirtió en la víctima de su amarga soledad, de la negrura de la desesperación suicida, del abismo al que le precipitó su propio orgullo.

(Página 35)

 

 

Foto P.B. Calvo (1)

Biografía de P.B. Fabio Jesús Calvo Pérez: 

Nacido en Joarílla de las Matas (León) y ordenado sacerdote el 1-6-69, ejerce su función ministerial de Párroco de Villamuñío (León, España) desde hace 47 años, y de otras nueve parroquias del Municipio de El Burgo Ranero (Camino de Santiago).  Allí, en la paz de estos pueblos tradicionales a lo tridentino, en sus pocas horas libres, compone música de estilo romántico, casi preferentemente de temática e inspiración religiosa.  Tiene registrados 96 títulos, entre géneros largos y cortos: una sinfonía religiosa, un concierto para violín y orquesta, tres poemas sinfónicos, lieder, Stabat Mater, Te Deum, Magníficat (orquestales con canto), música de cámara, piezas pianísticas, abundantes motetes en latín, romanzas orgánicas, etc.

Lee con facilidad libros en Alemán, y su sentido filosófico le llevó al teológico por su amor a la Verdad, que es lo que plasma en su arte.  Va del fondo a la forma, como relieve del tema que celebra, canta y enaltece.  No sabe escribir sin un motivo filosófico o teológico inicial.  La forma por la forma, es otra forma de insinceridad y el arte que no es sincero, es un juego de elementos, pero no arte estricto.  Por eso es más importante el pensamiento y la personalidad del creador que su producción, por muy técnica que esta fuese.

Todo ello lo hace para gloria de Dios y cultivo de su espíritu.  No busca otro fin, que tampoco necesita.

Don Jesús no podía menos de intimar con D. José Ignacio Dallo, otro polo atractivo en la defensa de las mismas causas de Dios, Patria y Justicia, a quien admira y encumbra merecidamente y consciente de las ingratitudes que estos sagrados deberes implican.

Su TE DEUM para cuatro voces mixtas y orquesta, responde a la celebración jubilosa del evento providencial del 25 Aniversario de la fundación y publicación de la valiente y católica revista «SIEMPRE P’ALANTE», cuyo creador y protagonista-director, D. José Ignacio Dallo, ha sido uno de los pocos sacerdotes intrépidos e inaccesible al desaliento, jugándose el puesto, que nos quedan en esta desconocedora e ingrata de su propia historia llamada antes España.

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Sobre Para Mayor Gloria de Dios, El Siervo de Dios

Experto en Informática y en Bioquímica y Biología Molecular.

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