«Las llamas que llaman» por el Pbro. Santo D. Manuel Palero Rodríguez-Salinas.

¡Con cuánto respeto reverencial me acerco a las lamparitas que tiene a sus plan­tas la Virgen! La miro. Y las miro… Y me las quedo mirando. Y no puedo, por menos, que decirle: «¡Madre, atiéndelas!»

Algunas me parecen lágrimas invertidas que suben hacia arriba y se mezclan con las de los ojos de la Madre que, como toda madre, las hace suyas.

Lamparitas encendidas por la solución de problemas que afligen al alma. Llamas que llaman. Lucecitas temblorosas, humildes, que o imploran necesidades, o agradecen beneficios, o son ofrenda de sacrificios. Luz que sube a lo Alto y establece hilo directo con el mismísimo Cielo. Luz que es pre­sencia de quien la encendió, y es signo representativo de un corazón encendido, o llagado, o vacío de tanto y tanto como le afecta y que nadie lo sabe, sino sólo Aquélla, testigo presente de la persona que la encendió y se marchó.

¡Lamparitas encendidas, que os contemplan desde el Cielo, como estrellas parpadeantes! Os encendieron y se marcharon. Pero… ahí queda eso. Algo más que una moneda o unos destellos. «El hombre ve lo que aparece; pero Dios mira el corazón». Y más todavía, la Madre.

La LUZ es el más significativo sím­bolo de la Liturgia. Cristo es «la Luz del mundo». El Cielo es la «Luz eterna». Los discípulos de Cristo han de ser «Luz sobre el candelero». La luz perenne de una lamparita junto al Sagrario acusa la presencia eucarística de Cristo y manifiesta nuestra fe, amor y adoración a su Persona divina. La luz de la Vigilia de Resurrección, levantada con triple aclamación en el Cirio Pascual, representativo de Cristo Resuci­tado, de quien todos toman luz con la que el templo se convierte en festivo lucernario o en humano lampadario.

La LUZ, que se gasta, que se consume. Como la vida. Que tuvo su alumbramiento cuando se nos «dio a luz» y que ha de apa­garse en las manos de Dios para que nos comunique el «lumen gloriae«, la Luz de la Gloria, y contemplarle eternamente. Cual­quier producto combustible o consumible es válido para la relación mística, orante, peni­tencial, reparadora, de gratitud, de alabanza, que tiene en sí un aceite que se consume, una cera que se gasta, unos vatios que se agotan.  Todos (también la energía eléctrica) son «fruto de la tierra y del trabajo del hom­bre».

¡»Fruto de la tierra y del trabajo del hom­bre»! Cuando esta frase se dice en el oferto­rio de la misa, se está efectuando la colecta. Los fieles se sacrifican, se desprenden de unas monedas, como aportación al Sacrificio Redentor que se renueva y se perpetúa en la Eucaristía. Así se hacía en los tiempos apostólicos, donde los fieles llevaban al altar toda clase de productos y bienes que, esco­gido el pan y el vino para el sacrificio, se des­tinaban a las necesidades de la Comunidad, del templo y de los pobres.

Las ofrendas de nuestras lamparitas tienen el mismo sentido y se orientan exclusivamente a fines, como ahora se dice, «eclesiales».

Pudiera alguna persona, sin considerar esta finalidad, des­prenderse de su ofrenda mate­rial como una simple privación voluntaria con carácter de sacrificio. Sería también del agrado de Dios y meritorio para su alma. Al Señor le agra­daban los «holocaustos» de la Ley Anti­gua, donde se quemaba toda la víctima, más que los sacrificios «rituales», donde el Pueblo participaba y comía de ella. ¡Lucecitas de Nuestra Señora! ¡Velas de nuestro Paso de Peniten­cia, que lucís en los hachones de los cofrades y en las andas, mecidas por abnegados costaleros, de nuestra Madre Celestial! ¡CANDELARIA de nuestros amores!: Haz que nos penetre el sentido místico, litúrgico, cristiano de las ofrendas de luz, que incluso a los no creyen­tes anima cuando atestiguan su presencia y su amor con lamparitas encendidas en los lugares donde, por accidente o por otras cau­sas, fallecieron aquellos a quienes amaban.

¡Virgen de la Soledad!: Las velitas que os ponemos no os dejan sola. Sabemos, ade­más, que, cuando al marcharnos de tu pre­sencia, nos represente esa pequeña luz de tu Imagen, tu amor y tu protección maternal nos acompañará hasta la llegada del,Esposo de la parábola para presentarnos a El con la lámpara encendida de la fe y del amor y entrar en el Banquete de la Boda Eterna.

Por D. Manuel Palero Rodríguez-Salinas

Pbro. Santo de 94 años y de Alcalá de Henares, que no abandona la Barca de Pedro y su Misión.

TOMADO DEL BOLETÍN DE LA VIRGEN DE LA SOLEDAD • AÑO 2003

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Sobre Para Mayor Gloria de Dios, El Siervo de Dios

Experto en Informática y en Bioquímica y Biología Molecular.

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