LOS TRES TIPOS DE PERSECUCIÓN CONTRA LOS CATÓLICOS. EL MARTIRIO DE LA COHERENCIA.  EL MODERNISMO Y EL LIBERALISMO…

PRÓLOGO DEL LIBRO DE Santiago Lanús SOBRE LAS APARICIONES DE LA VIRGEN EN GARABANDAL (España)  “MADRE DE DIOS Y MADRE NUESTRA”.

 

Por Javier Paredes. Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá (España).

 

 

“Pero el futuro no está cerrado, porque el porvenir es de quienes se cobijen bajo el manto de la Virgen, por más que los poderes del mundo se empeñen en dar la espalda a Dios: a grandes males, grandes remedios”.

Hace ya meses que un buen amigo me regaló el libro “Con voz de Madre”, editado en Argentina. Él sabía de mi interés por las apariciones marianas y quería conocer mi opinión. Me leí el libro de una sentada, porque está muy bien escrito. Y me llamó poderosamente la atención el tratamiento que se daba a las apariciones de Garabandal. No me atrevería yo a decir que todo, pero de lo sucedido en San Sebastián de Garabandal puedo afirmar que lo he leído casi todo, en papel y en la red. En el libro Con voz de Madre daba gusto leer cosas sobre temas tan delicados, escritas por una persona de buen criterio.

Y creí que era tan necesario dar a conocer ese libro en España, que desde entonces inicié toda una serie de gestiones para que se pudiera editar en nuestra patria. Y gracias a Dios, hoy puede ver la luz en la editorial San Román con el título Madre de Dios y Madre Nuestra. Fátima, Ámsterdam y Garabandal.

Todo lo que he leído de las apariciones marianas, lo he hecho como devoto de la Virgen María y con mentalidad de historiador, porque después de tantos años en este oficio la mentalidad ha derivado en mí en deformación profesional. Y además para el historiador especializado en la Edad Contemporánea, como es mi caso, las apariciones marianas constituyen un reto intelectual y una clave importantísima para entender el mundo actual. Los que nos dedicamos a explicar el nacimiento del los partidos políticos, la acción de los sindicatos o la influencia de la prensa etc., que afectan a muchas personas, ¿cómo vamos a excluir de nuestro relato histórico las apariciones marianas, que forman parte de la realidad concreta de millones de personas, hasta el punto de hacerlas cambiar de vida a muchas de ellas, por tener en su conciencia mayor influjo, que un partido político, un sindicato o un periódico?.

Más me atrevería a decir. Si Dios es el Señor de la Historia, como afirmara el beato Juan Pablo II, no puede permitir que su Madre desentone en el curso de la Historia. Por lo tanto sus apariciones, además de la finalidad religiosa, también han de tener un sentido histórico, porque ni Dios ni la Virgen María hacen cosas raras ni vanas. Por ese motivo, cuando comienza la Edad Contemporánea con la Revolución Francesa (1789), la Virgen María como veremos se aparece de manera diferente a como lo ha hecho hasta entonces.

Desde hace dos siglos ha bajado del Cielo en múltiples ocasiones, no tanto para comunicar algo a un vidente de modo particular, sino más bien para utilizar a esos videntes como intermediarios para transmitir mensajes a todos sus hijos. De manera que en cierto modo se podría afirmar que durante los siglos XIX, XX y lo que va del actual la Virgen María se nos está “apareciendo” a todos nosotros. Algo habíamos estropeado sus hijos, que obligaba a la Virgen a actuar de un modo diferente a como lo había hecho hasta entonces.

Sin duda, no son pocas las veces en las que los hombres le han dado la espalda a Dios a lo largo de los siglos. Pero durante la Revolución Francesa, la Hija Primogénita de la Iglesia, hizo prisionero al Papa Pío VI (1775–1799) y, sin respetar su dignidad ni sus 81 años, fue llevado de Roma a Francia, a donde llegó en un estado tan grave que falleció en Valence–sur–Rhône el 29 de agosto de 1799. El clero de la Iglesia Constitucional de Francia, que había jurado la cismática Constitución Civil del Clero, le negó a Pío VI un entierro cristiano. El prefecto de la localidad escribió en el registro de defunciones: “Falleció el ciudadano Braschi, que ejercía la profesión de pontífice”. Y los periódicos franceses dieron la noticia con este titular: “Pío VI y último”.

Pero es tan de Dios la Iglesia Católica, que sigue en pie después de más de dos mil años, a pesar de los intentos que ha habido en estos veinte siglos para destruirla. Y en modo alguno nos puede sorprender el odio contra los cristianos, si recordamos que el mismo Jesucristo profetizó que lo mismo que le persiguieron a Él otro tanto harian con sus seguidores.

 

LOS TRES TIPOS DE PERSECUCIÓN CONTRA LOS CATÓLICOS

En la tipología persecutoria o martirial se pueden distinguir tres modelos diferentes que, aunque con distinta eficacia, buscan eliminar de la faz de la tierra a la Esposa de Jesucristo. Cada uno de estos tres modelos no excluye necesariamente a los otros dos. Han ido apareciendo sucesivamente a lo largo del tiempo, concentrándose los tres en lo que se conoce como la Edad Contemporánea; es decir, los años que transcurren desde la Revolución Francesa (1789) hasta nuestros días. Pues bien, a mi juicio, esta situación de máximo peligro para los cristianos en la que hoy nos encontramos es la que anima a la Virgen María, que es Madre de Dios y Madre Nuestra, a intervenir, a cobijarnos bajo su manto de un modo distinto a como lo ha hecho hasta hora.

Frente a quienes se propusieron bloquear el futuro verdadero de la Vida Eterna, y reducir toda nuestra existencia a la pura materialidad, proclamando el fin de la Iglesia Católica, la Virgen decide bajar del Cielo a desmentirlo y a manifestarse como Esperanza Nuestra. Sus apariciones son, en definitiva, su luminosa respuesta al peligro que acecha a la Iglesia, acosada ahora por la triple tipología persecutoria.

En el primer modelo, los perseguidores ignoran que es la gracia santificante lo que vivifica a la Iglesia y no el número mayor o menor de cristianos. En consecuencia piensan que eliminando al mayor número posible de cristianos conseguirán acabar con la Iglesia. Pero su error de inicio explica que obtengan un resultado contrario al de sus objetivos, pues como ya puso de manifiesto Tertuliano (160–225) “la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”. En este modelo encajan tanto las acciones de los emperadores romanos, como las persecuciones comunistas del siglo XX.

El segundo tipo de martirio apareció durante la Revolución Francesa.

En esta ocasión los perseguidores, algunos de ellos sacerdotes y obispos (que, aunque renegados, son sacerdotes in aeternum), conocen perfectamente que el catolicismo es una religión sacramental y que es a través de los sacramentos por donde circula la gracia que produce la santidad. El Historiador francés Jean de Viguerie, en un excelente libro que se titula Cristianismo y Revolución, ha puesto de manifiesto cómo las medidas revolucionarias tenían como objetivo apartar a los fieles de los sacramentos. Y afirma en sus conclusiones que esta persecución sí que fue eficaz, y lo demuestra por la medida de la práctica sacramental en Francia antes de la Revolución y después de pacificarse religiosamente el país tras el concordato firmado por Napoleón en 1802, y el descenso es considerable. Si se mantuvo viva la Iglesia en Francia fue porque la revolución también utilizó el primer tipo de martirio, que consiguió que la sangre de miles de católicos franceses se convirtiera en semilla de cristianos, y porque otros muchos vivieron la religión católica en la clandestinidad, y se negaron a participar en las ceremonias cismáticas oficiadas por los curas juramentados.

La santidad de un mártir salta con facilidad el trámite del juicio, pero al resto de los franceses pienso que se les habrá preguntado en el juicio particular si asistieron a las misas clandestinas de los curas refractarios o prefirieron participar en las ceremonias blasfemas de la Diosa Razón, para no salirse del sistema. Y por fuerza hay que reconocer que los curas juramentados, que negaron a Pío VI un entierro cristiano y mutaron la liturgia en un culto civil, prolongan su influencia hasta el día hoy, cuando en defensa de la espontaneidad algunos se saltan las normas litúrgicas y celebran unos rituales, que con toda propiedad pueden ser calificados como cismáticos. Por paradoja, ciertos actos litúrgicos recomendados, como es el de comulgar de rodillas y en la boca, a veces hay que hacerlos hoy de modo clandestino.

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El tercer tipo es el martirio de la coherencia. Ahora a los perseguidores ya no les importa tanto si vas o dejas de ir a misa. Es más, si la parroquia en la que se celebra tiene algunos pedruscos de hace unos cuantos siglos, el sistema político puede que hasta financie el mantenimiento o la limpieza del templo. Por lo tanto, en nuestro juicio particular, a los cristianos del siglo XXI no se nos preguntará sólo si hemos asistido a misa los domingos y fiestas de guardar, sino que además se nos pedirá cuentas también y especialmente de qué hicimos con esta sociedad desacralizada. Porque, a diferencia de otras épocas en las que también había obligación de dar la cara por Jesucristo en la vida pública, en la nuestra es especialmente necesario por estar nuestras instituciones civiles más necesitadas de Dios, y porque además el magisterio nos ha recordado en el Concilio Vaticano II que lo propio de los laicos es santificar las estructuras temporales.

Y la tarea no es sencilla, ya que la coherencia es incompatible con la esquizofrenia moral, que farisaicamente puede aprobar la financiación de templos, colegios católicos y ONGs bienintencionadas, a cambio de que no salgamos de las sacristías, para impedir así que cristianicemos los parlamentos, los periódicos, las universidades, las fábricas, las diversiones, los hospitales…

Lo dramático de este tercer modelo de persecución es que los verdugos no se encuentran fuera de la Iglesia, porque la coherencia de los católicos que han puesto en la santidad el objetivo de sus vidas, a quienes pone en evidencia no es a los ateos, ni a los hombres sin fe, ni a los “rojos”, ni a los masones, sino a todos aquellos católicos tibios y esquizofrénicos que prefieren el juicio de los hombres al JUICIO de Dios.   Esta persecución que ya ha comenzado es tan grave y tan importante en la historia de la Humanidad porque el día que se generalice será la última y clara señal de que hemos entrado en los últimos tiempos anunciados en el Apocalipsis, que preceden al fin del mundo, sin que sepamos el tiempo que ha de transcurrir entre los últimos tiempos y el fin del mundo.

Los truenos y los relámpagos quedan reservados para el fin del mundo, que –como he dicho– estará precedido de los últimos tiempos en los que tendrá lugar esta tercera persecución, ya iniciada, en un ambiente tan de calma y normalidad, que desde este momento habrá que estar muy pegados a la Santa Misa, al Sagrario, a la Santísima Virgen y a la Caridad con los hermanos, porque de lo contrario nos deslizaremos sin darnos cuenta y pasaremos a engrosar las filas de los verdugos. Además, los que se mantengan fieles a la Verdad serán tachados de radicales, fanáticos y fundamentalistas, como ya ocurre actualmente, aunque todavía no se presente dicha acusación con la virulencia y encono a la que se puede llegar en el futuro.

 

EL MODERNISMO:

En los orígenes de esta tercera persecución, que convierte la ayuda de la Virgen como el único recurso, se encuentra el modernismo, que en resumen consiste en edificar la Iglesia utilizando como cimiento el pecado contra el Espíritu Santo, al introducir el concepto de autonomía del hombre en el ámbito religioso. La proclamación de la autonomía del hombre, reivindicada como un derecho fundamental, exigía necesariamente la negación de la concepción del hombre como criatura, dependiente del Creador. Porque según el peculiar concepto de la Creación que tienen los deístas del siglo XVIII, había que arrancar a Dios su atributo clásico de auténtico Creador, para concederle a lo sumo el oficio de jefe de mantenimiento de un mundo que le trae sin cuidado. La concepción del hombre como un ser autónomo que puede darse a sí mismo sus propias leyes fue la idea nutricia de la ideología liberal progresista, negándole así toda posibilidad de trascendencia.

Y ante semejante propuesta lógicamente el beato Pío IX (1846–1878) salió al paso condenando el liberalismo.

Las distintas tendencias modernistas se pueden definir como un nuevo intento gnóstico que trata de sustituir los fundamentos doctrinales sobre los que su Fundador había edificado la Iglesia, en un afán de desplazar la fe y la Revelación como fundamento del hecho religioso y colocar en su lugar los criterios del racionalismo y de la ciencia positivista.

En suma, el modernismo subordina la fe a lo que los modernistas denominan “formulaciones de los tiempos modernos”, que por ser opuestas a la fe acaban modificando el depósito entregado por Jesucristo.

El círculo de los modernistas fue muy reducido, realmente eran muy pocos y estaban muy localizados. Todos ellos eran clérigos entre los que destacaban el sacerdote Alfred Firmin Loisy (1857–1940) en Francia, el jesuita George Tyrrel (1861–1909) en Inglaterra, el profesor del seminario romano Ernesto Buonaiuti (1881–1946) y el sacerdote italiano Romolo Murri (1870–1944).

 

Ahora bien, a pesar de ser tan pocas las cabezas más destacadas, dejaron sentir su influencia entre los católicos, y ello en primer lugar por su condición de clérigos de quienes dependen muchas almas y, además, porque a diferencia de lo acostumbrado por los herejes de abandonar la Iglesia, lo propio de los seguidores del modernismo es permanecer dentro de ella, pues el modernista considera que es su misión reformar la Iglesia de acuerdo con su propio pensamiento.

Así por ejemplo, el modernista en su concepción dialéctica concibe la coexistencia –como tesis y antítesis– de una Iglesia institucional y otra carismática, la primera tradicional y la segunda progresista, gracias a cuyo enfrentamiento surge el avance; naturalmente en dicha concepción el modernista es el representante de los carismas y del progresismo. De aquí, que para ellos no sólo no fuera compatible, sino incluso necesario realizar una crítica de los fundamentos mismos de la Iglesia y permanecer a la vez dentro de su seno. Por eso la estrategia modernista para evitar una excomunión no utiliza enfrentamientos directos, ni hace afirmaciones tajantes, o esconde su personalidad firmando sus publicaciones con seudónimos, como el de Hilaire Bourdon que fue el utilizado por Tyrrel. Como estratega, nadie tan habilidoso como Buonaiuti que se las arregló para mantenerse dentro de la Iglesia hasta 1926, a pesar de haber sido excomulgado en dos ocasiones en los años 1921 y 1924.

Los modernistas no articularon un cuerpo orgánico doctrinal y prefirieron seguir la táctica de exponer sus ideas de un modo difuso, utilizando el recurso de las medias verdades. Todo ello además de dificultar la actuación de las autoridades eclesiásticas en orden a establecer la divisoria entre las publicaciones de contenido erróneo, ofrecía a los modernistas la posibilidad de no darse por enterados, cuando llegase la condena.

A pesar de todo, la claridad y coherencia de San Pío X (1903–1914) fue meridiana: la fe de la Iglesia no tiene necesidad de adaptarse a nada, por cuanto la plenitud de los tiempos se había producido ya con la revelación de Jesucristo, Dios hecho hombre. Partiendo de este principio básico que salvaguardaba el depósito entregado por Jesucristo, San Pío X denunció los objetivos de los modernistas mediante el decreto Lamentabili (3–VII–1907), expuso de un modo organizado la doctrina del modernismo y la condenó en la encíclica Pascendi (8–IX–1907) y estableció toda una serie de medidas disciplinares en varios documentos, el más importante de los cuales fue el motu proprio Sacrorum Antistitum (1–IX–1910).

El decreto Lamentabili condena 65 proposiciones modernistas, algunas de las cuales son estas: la fe propuesta por la Iglesia contradice la historia; la Sagrada Escritura no tiene un origen divino y debe ser interpretada como un documento humano; la Resurrección de Jesucristo no fue un hecho histórico, sino una elaboración posterior de la conciencia cristiana; los sacramentos del Bautismo y de la Penitencia no tienen un origen divino; no hay verdad inmutable y esta evoluciona con el hombre; la Iglesia, por adherirse a verdades inmutables, no puede conciliarse con el progreso. Y concluía, literalmente el decreto Lamentabili con la 65ª y última proposición: El catolicismo actual no puede conciliarse con la verdadera ciencia si no se transforma en un cristianismo no dogmático, es decir en protestantismo amplio y liberal.

 

En la encíclica Pascendi, además de indicar los remedios contra la crisis modernista, San Pío X retrata tres figuras: la del filósofo modernista, la del creyente modernista y la del teólogo modernista. El filósofo modernista, por fundamentar sus ideas en el agnosticismo y reducirse a lo fenoménico, acaba por afirmar el principio de inmanencia vital, según el cual Dios es un producto de la conciencia que el sentimiento de cada uno engendra; así las cosas, la conciencia religiosa, es decir el “sentimiento” religioso de cada uno se erige en autoridad suprema, por encima –por supuesto– del magisterio y de la autoridad de la Iglesia.

El creyente modernista debe limitarse a elaborar en su interior su experiencia de lo divino, y las creencias por lo tanto se identifican con las experiencias singulares. Por último, se refería el Papa al teólogo modernista que, por partir del principio de que Dios es inmanente al hombre y que en consecuencia la autoridad religiosa no es sino la suma de todas las experiencias individuales, sostiene que la autoridad eclesiástica debe regirse por criterios democráticos.

Este radicalismo religioso, inmanentista, individualista y subjetivista de los modernistas, que vaciaba completamente de sentido a la Iglesia, era condenado por el Sumo Pontífice, por ser el modernismo –según se lee en la Pascendi– el conjunto de todas las herejías con capacidad para destruir no solo la religión católica, sino cualquier sentido religioso, por cuanto los presupuestos del modernismo desembocan, en definitiva, en el ateísmo.

Ahora bien, que San Pío X hiciera un diagnóstico certero de la enfermedad que aquejaba a la Iglesia en modo alguno puede interpretarse como que durante su pontificado al paciente ya se le podía dar de alta. Ciertamente que la estrategia de los primeros modernistas no fue de lo más eficaz para atraer a un gran número de seguidores. Proponer que se debía vivir al margen del magisterio y ser autónomo para que cada uno pudiera decidir las verdades de fe, que se podían cambiar para estar en consonancia con la ciencia moderna, no tuvo suficiente tirón social a principios del siglo XX.

 

Pero tras décadas de letargo, que algunos interpretaron equivocadamente como su muerte definitiva, despertaron los modernistas y tuvieron un éxito sin precedentes, tras publicar Pablo VI (1963–1978) la Humanae vitae (25–VII–1968); a partir de este momento sí que hubo y sigue habiendo muchos católicos partidarios de reivindicar su autonomía, para que, al margen de la moral de la Iglesia Católica, cada uno pueda decidir lo que está bien y lo que está mal en el lecho conyugal. La cuestión es que el depósito de la fe y la moral es indivisible y se empieza rechazando la Humanae vitae y se acaba dando la espalda a todo el magisterio de la Iglesia.

No fue poco el mérito de San Pío X al descubrir el tumor. Faltaba en lo sucesivo poner los remedios para curarlo y evitar la metástasis, porque los modernistas no se rindieron a lo largo del siglo XX, hasta el punto de que Pablo VI tuvo que reconocer públicamente que el humo de Satanás se había metido dentro de la Iglesia. Y en estas estamos, esperanzados y pendientes de que la Madre de Dios y Madre Nuestra abra puertas y ventanas para ventilar nuestras estancias y evitar que nos asfixie el humo modernista de Satanás.

 

EL CUIDADO MATERNAL DE LA VIRGEN MARÍA EN GARABANDAL

Pero el futuro no está cerrado, porque el porvenir es de quienes se cobijen bajo el manto de la Virgen, por más que los poderes del mundo se empeñen en dar la espalda a Dios: a grandes males, grandes remedios. Por eso a medida que se va montando el gran asalto luciferino contra la Iglesia durante la Edad Contemporánea, la Virgen no ha dejado de actuar de un modo especial. Durante estos más de doscientos años se han prodigado las apariciones marianas, muchas ya reconocidas por la Iglesia y muchísimas más que están a la espera de esa aprobación.

Ahora bien, como ya se ha dicho, todas estas apariciones de la Era Contemporánea tienen un rasgo común, que las distingue de las de los siglos anteriores. Insisto, en nuestra Era contemporánea la Virgen María elige a unas determinadas personas, no tanto para decirles a los videntes un mensaje particular para ellos, sino sobre todo para encargarles que nos transmitan a todos los demás lo que el Cielo quiere de todos nosotros. Esa es sin duda la gran novedad y la importancia de dichas apariciones, aspectos que quedan reflejados palmariamente en este libro, en el que se resume y explica el significado de las apariciones de Fátima, Ámsterdam y Garabandal.

No había leído nunca un libro en el que, como en este, se expliquen las apariciones marianas con tanta sencillez y a la vez con tanta hondura religiosa. Estoy seguro que es apto para todos los públicos, desde los intelectuales a las gentes sencillas, y desde luego provechoso para quien lo lea con sentido religioso y con ganas de hacer caso a lo que nos dice la Virgen. Sólo se han elegido tres de las muchas apariciones que ha habido, dos de ellas ya aprobadas –Fátima y Ámsterdam– y otra, como la de Garabandal, que todavía no lo está, pero de la que se puede decir no solo que no desentona de las otras dos, sino que sus mensajes están en consonancia y son continuación de ellas.  Escribo este prólogo al día siguiente de mi primer viaje a Garabandal.

A la espera del juicio oficial de la Iglesia, creo en las apariciones de Garabandal desde hace muchos años, pero nunca se me había presentado la oportunidad de acudir a aquel lugar. Cuando se enteró de esta circunstancia mi buen amigo Santiago Fusté, se ofreció a llevarme a condición de estar de regreso en Madrid el mismo día a las ocho de la tarde, para asistir a la adoración de los miércoles que él organiza con los peregrinos madrileños que han ido a Medjugorje.

Providencialmente, era posible viajar el 27, ese día de cada mes marcado para mí por la devoción a la Virgen del Olvido y a Sor Patrocinio, a quienes agradezco el regalazo de viajar a Garabandal. Salimos a las cinco de la mañana del día 27 y, por tener que recorrer los mil kilómetros de ida y vuelta, no había más tiempo en Garabandal que para saludar al Señor en el Sagrario de la parroquia –pequeña, limpia y preciosa, que amorosamente cuida su titular don Rolando– y para rezar el rosario en los pinos. Como todo fue providencial aquel día, en ese rosario nos acompañó el autor y editor argentino de este libro, Santiago Lanús, que estaba de gira por España para dar a conocer las apariciones de Garabandal. En los últimos días se me habían presentado un par de problemas tan serios, que vivía muy agobiado, pero de rodillas, en medio de las montañas y entre aquellos pinos testigos de tantas maravillas, me invadió una dulce paz al experimentar con especial claridad que la Virgen María es Madre de Dios, Madre Nuestra y muy Madre Mía.

 

Javier Paredes
Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá.
Madrid, 28 de marzo de 2013, Festividad del Jueves Santo.

 

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Sobre Para Mayor Gloria de Dios, El Siervo de Dios

Experto en Informática y en Bioquímica y Biología Molecular.

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