“Y mi libertad… ¿Qué?”– Por el P.B. Fabio Jesús Calvo Pérez.

Mentiras y cartas sin respuesta

“Mentiras democráticas y Cartas oficiales sin respuesta”

Escrito por el de P.B. Fabio Jesús Calvo Pérez

Precio 9 € + Gastos de envío.

Pedidos:   Tel.  987 336 095

Iglesia de Villamuñío (24344 – León, España)

La Biografía del P.B. Fabio Jesús Calvo, pueden leerla aquí, y comprobarán que ama la Música, y ha Compuesto numerosas piezas musicales, aparte de todo un Filósofo y Teólogo Escolástico (Clic Aquí).

 

 

Y MI LIBERTAD… ¿QUÉ?

No hay término tan mítico ni excusador como el de la libertad. Sirve de comodín para todo: hacerse intocable ante la Justicia, delinquir con guante blan­co, exhibir vulgaridades y vergüenzas, alardear de ignorantes y justificar, al fin, el libertinaje.

La cacareada libertad no la conoceremos definida ni por la política actual ni por los que más la invocan como nueva y única diosa. La explicación es muy sencilla: un sistema ateo no puede conocerla sino como producto de consumo, cuando ésta es nada menos que un concepto metafísico que no tiene explicación racional si no es en función de la plena realización de la persona en sus vertien­tes naturales y sobrenaturales a las que está llamada. De ahí la expresión de San Pablo en Rom. 8 “la libertad de los hijos de Dios”, que en nada se parece al mero uso de la capacidad física de elegir la injusticia y el desorden.

Libertad es la facultad de obrar o no obrar o de elegir una cosa con pre­ferencia a otras —según la moral clásica—. Dejando las interesantes especificacio­nes filosóficas para la Academia, me centro en la idea práctica de la libertad como medio al servicio de nuestra privilegiada naturaleza racional en orden a la conse­cución del fin trascendente al que estamos llamados en el orden de la Gracia.

Según esto, la libertad de un tren, p.e., estaría en discurrir por sus raíles como único medio de llegar felizmente a su destino. No lo lograría si en nombre de una falsa libertad pudiese salirse de ellos y vagar campo a través. Ni aparcán­dose en ellos, ni descarrilando lograría su razón de ser como tal convoy. De ahí que la verdadera libertad esté en el suave yugo de la Ley que arranque de la ley natural. Cuando se pierde de vista el sentido cristiano de la vida, no podemos ni entender estos conceptos trascendentes ni menos aún usarles. Quedan convertidos en cosas de consumo o títulos bien sonantes en labios demagógicos encubridores de fines inconfesables.

Para retozar como animales, ya están los irracionales. ¿Qué nos añade nuestra naturaleza creada a imagen y semejanza de Dios si no fuese ese magnífico don de elegir lo bello, lo verdadero y lo bueno? Sólo así se entiende que la ver­dadera ley es la que lleva a la buena libertad y que ser libre no es hacer lo que se

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quiere sino querer y amar lo que se hace. Y que para hacer bien el orden físico hay que aceptar antes el orden metafísico que está por encima del hombre y del mundo.

Por el contrario, quien cambia de libertades es porque no es libre; como una rentabilidad sin moralidad no es más que mafia; y como quienes más corean la democracia lo hacen para impedir que haya un dictador que les impida actuar como tiranos; porque para sujetarse al yugo de las justas leyes no hace falta democracia.

Consiguientemente, no hay por qué pasarlo mal cuando se elige el bien.

La verdadera y única libertad, pues, está en el conocimiento de la verdad y en la voluntad de vivirla como objeto a conseguir propuesto por la inteligencia. Cuando el humano descarrila de su trayectoria salvífica despreciando la ley divi­na-positiva, lejos de encontrar la felicidad a la que por naturaleza tendemos (natural y sobrenaturalmente) cae en la idolatría de las cosas (que las convierte en fin en sí mismas en vez de usarlas como medios) y se da de narices contra un muro que le quita la libertad que buscaba.

Se trata de acercarse a lo que no cambia nunca, en vez de adaptarse a lo que cambia constantemente. Todos los grandes hombres han hecho algo nuevo sin buscar la novedad por la novedad. Esculpir la existencia a imagen de la esencia supone más actividad y talento que seguir pasivamente la moda. El peor inmovi­lismo es el de la hoja seca arrastrada por el viento de la moda: no para de dar tum­bos y no tiene a dónde ir. Sería lo que dijo Chateaubriand: “la libertad en la boca y la esclavitud en el corazón” …y en la cabeza, añadiríamos nosotros. Y es que hasta el infierno tiene sus leyes — decía Goethe-. Como la semilla, de dentro hacia fuera, la verdadera libertad lleva la influencia cristiana a la familia, las institucio­nes y la sociedad. El hombre materializado actúa a la inversa: de fuera hacia den­tro y por eso se mete a manipular temas y principios que no le pertenecen, como si fuese un Dios y dueño absoluto de su vida y hasta de las leyes naturales.

Fuera de ese concepto religioso de la vida nos debatiremos en el mar del absurdo y caeremos en la sima de la degeneración moral más esclavizante y humillante para la humanidad que se ensoberbece con los títulos de “moderna”, “libre” y “cultural”.

La Revolución Francesa (1789) logró divorciar lo legal de lo moral, el Decreto de la Justicia, buscando una libertad sin Dios y acabó en el más puro lai­cismo. A las pocas generaciones tuvieron que agarrarse a lo poco que habían deja­do de religión tras intentar destruirla.  Todo acabó en armiño, sedas y burguesía, como contradicción de lo que habían quemado y perseguido.

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Como el hombre no encontró la felicidad en esa subversión de princi­pios, dieron otro paso: quitar al hombre su libertad en el marxismo colectivista al convertirle en una pieza de producción del Estado.  Así llegamos al hombre sin Dios, sin libertad y sin dignidad, quedándonos sin Dios y sin el hombre (Revolución de 1917).

Como esta reacción tampoco trajo la felicidad esperada, vino un mayo del 68 con la revuelta estudiantil en el París de la Francia, la revolución cultural, que no significó una vuelta a la verdadera civilización cristiana, sino entronizar la diosa de la civilización hecha sólo por el hombre sin Dios.  Ahora se separa la cul­tura del plan de Dios, de la creación como proyecto salvífico y el humano hace de sus producciones (“cultura”) la norma de vida.  Cultura significa aquí hombre-dios, antropocentrismo, hecho, como sinónimo del derecho, conocimiento cien­tífico igual a liberalismo de actuación sin tener en cuenta las leyes que vengan de más allá del mundo (Decálogo).

Pero la cultura es producto de los talentos del hombre y no causa creado­ra del hombre.  De ahí que la revolución Cultural de Mao acabase en sangre.  ¡(Cómo habría resultado la revolución si hubiese sido incultural)!.

Fuera de Cristo no hay verdadera norma Justa y fiable a seguir. Si no la aceptamos como fieles amantes hijos adoptivos de ese Padre Celestial, no ten­dremos derecho a quejamos de las funestas consecuencias. De ahí la sentencia de León XIII refiriéndose a las falsas libertades: “la democracia, lejos de ser una solución, se convertirá en una degeneración de los pueblos”.

Es lamentable que esta hermosa herramienta de la libertad que en nuestras manos tenía que convertirse en el timbre de nobleza que embellezca nuestros actos y perfeccione todo nuestro mundo, se esté convirtiendo en tapadera de liber­tinaje y profanándose en la idolatría de los sentidos, de la materia bruta, de las novedades de turno y del raquitismo de espíritu, que es la peor de las pobrezas.

Decididamente, la estupidez humana no es infinita… pero es indefinida.

(Página 61)

 

Foto P.B. Calvo (1)

Biografía de P.B. Fabio Jesús Calvo Pérez: 

Nacido en Joarílla de las Matas (León) y ordenado sacerdote el 1-6-69, ejerce su función ministerial de Párroco de Villamuñío (León, España) desde hace 47 años, y de otras nueve parroquias del Municipio de El Burgo Ranero (Camino de Santiago).  Allí, en la paz de estos pueblos tradicionales a lo tridentino, en sus pocas horas libres, compone música de estilo romántico, casi preferentemente de temática e inspiración religiosa.  Tiene re­gistrados 96 títulos, entre géneros largos y cortos: una sinfonía religiosa, un concierto para violín y orquesta, tres poemas sinfónicos, lieder, Stabat Mater, Te Deum, Magníficat (orques­tales con canto), música de cámara, piezas pianísticas, abundantes motetes en latín, roman­zas orgánicas, etc.

Lee con facilidad libros en Alemán, y su sentido filosófico le llevó al teológico por su amor a la Verdad, que es lo que plasma en su arte.  Va del fondo a la forma, como relieve del tema que celebra, canta y enaltece.  No sa­be escribir sin un motivo filosófico o teológico inicial.  La forma por la forma, es otra forma de insinceridad y el arte que no es sincero, es un juego de elementos, pero no arte estricto.  Por eso es más importante el pensamiento y la personalidad del creador que su producción, por muy técnica que esta fuese.

Todo ello lo hace para gloria de Dios y cultivo de su espíritu.  No busca otro fin, que tam­poco necesita.

Don Jesús no podía menos de intimar con D. José Ignacio Dallo, otro polo atractivo en la defensa de las mismas causas de Dios, Patria y Justicia, a quien admira y encumbra mereci­damente y consciente de las ingratitudes que estos sagrados deberes implican.

Su TE DEUM para cuatro voces mixtas y orquesta, responde a la celebración jubilosa del evento providencial del 25 Aniversario de la fundación y publicación de la valiente y cató­lica revista “SIEMPRE P’ALANTE”, cuyo creador y protagonista-director, D. José Ignacio Dallo, ha sido uno de los pocos sacerdotes intrépidos e inaccesible al desaliento, jugándose el pues­to, que nos quedan en esta desconocedora e ingrata de su propia historia llamada antes España.

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Sobre Para Mayor Gloria de Dios, El Siervo de Dios

Experto en Informática y en Bioquímica y Biología Molecular.

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